
Abad eligió descansar aquí sus maltrechas rodillas tras años de destilar calidad y esfuerzo por infinidad de canchas; Carlos Orellana, ex-marido de Rosario Flores, se ha alejado de la prensa canibalesca que ofrece vísceras al plato porque existen consumidores; hay quien encontró en Vitoria (Joan Sallés) la estabilidad laboral que le negaba su Barcelona natal; los otros dos son hijos de aquella primigenia inmigración por vertientes distintas: el entonces joven José Antonio Rivera recaló en la capital alavesa para obtener su empleo; Carlos Villarino había vivido a los diez añitos lo que otros no alcanzan a experimentar en toda una vida. Hijo de gallegos, nació en Río de Janeiro y pasó por Ourense y Lausana antes de matricularse en el colegio Cándido Ruiz de Garibay y continuar en Jesús Obrero.
Buen rollito
Santi lleva la voz cantante con su discurso trufado de improvisación e ironía. No se esperaba menos de él. Hay buen rollito en el grupo, pese a la prisa del vicerrector de la UPV, que en una hora debe impartir un máster. «Al lado de éste voy a parecer un botijo», dice Villarino de Abad. Conviene empezar por el ex 'tres y medio' del Baskonia porque vive en la Correría, a cien metros escasos de donde se toman las fotos.
Cuando las piernas le dijeron 'basta' y ya divorciado, Abad determinó que Vitoria sería su cuartel general tras un año en Sarria. «Vine aquí por una cuestión psicológica. Volver a Barcelona era muy estresante, me suponía mucho desgaste, acostumbrado como estaba ya a vivir en ciudades pequeñas». El baloncesto le ha llevado a Vitoria, Lugo, Cáceres, Murcia... «Quería sacar provecho de lo que había dejado aquí», sentencia en una de sus frases lúcidas.
Este hombre es, quizá, el único capaz de unir a Real Madrid y Barcelona, clubes en los que también ha jugado. Su amor puro por la canasta y afán de competir le sirven para alinearse indistintamente en los equipos veteranos de ambos conjuntos. Mientras, quiere ampliar sus colaboraciones baloncestísticas en los medios de comunicación a un espectro más amplio de temas y acude a los centros cívicos para «evadirme, pintar o hacer manualidades. Soy bastante activo -admite- y no tener trabajo fijo se me hace un poco cuesta arriba».
A Santi le encanta el Casco Viejo, fundamentalmente el tramo de la Correría hasta las escaleras mecánicas. «A mí me vienen de puta madre por las rodillas». Y recuerda las noches en las que ha acudido a pinchar música en el Estitxu. «Vitoria ha cambiado bastante, de la tienda y el bar céntricos a los que estábamos asociados a expandirse». Quien fue un icono baskonista se siente un buen embajador de la capital alavesa. «Siempre lo he sido y no me cuesta nada. Voy más de vitoriano, de vasco, que de catalán».
Danzad, danzad, benditos
Orellana anduvo años bajo el flexo permanente que alumbra a la familia Flores. «¿Vas a enfocar el reportaje por ahí?». Calma. Se trata de compartir experiencias con el Carlos ciudadano, el argentino de 38 años que llegó a España en 1996 «al ser papá» y se estableció en la capital alavesa hace siete. «Actuaba en teatro infantil y compaginaba Madrid y Vitoria porque acá estaba la única escuela para la formación en biodanza». Entonces ingresó como alumno; ahora la gestiona. «Doy clases y entre nuestros clientes están personas de la tercera edad y los afiliados de la ONCE. Es un trabajo muy bonito».
Orellana se muestra seguro de que la decisión de quedarse fue la correcta y no le augura marcha atrás. «Mis cosas en Vitoria se ampliaron, conocí a mi pareja y tengo un niño de dos añitos. Veo claro que seguiré aquí, hasta llegar a viejo, je, je...». ¿Por qué este lugar y no otro? «La ciudad invita a muchas cosas por el tamaño, la calidad de vida y de los servicios». Y descubre que le atrapó uno de los activos más sólidos de Vitoria. «Sí, la posibilidad de hacer deporte. En Argentina competía en triatlón y acá lo he retomado» a la sombra de los hermanos Llanos. ¿Y del carácter alavés? Carlos no comulga con el sambenito de un paisaje humano gris. «A mí se me han abierto muchas puertas».
«Muy recomendable»
Es lo mismo que afirma Sallés, vicerrector del campus de Álava. Insiste en que un catalán de acento delator como el suyo puede integrarse mejor aquí que un vitoriano en Barcelona. Tiene 47 años y llegó hace doce. «Yo estaba en la Autónoma con una plaza no estable y me propuse tomar la primera fija que saliera. Vi que en el BOE se publicaba una de Farmacología en Vitoria y me vine».
En ese momento obró el azar. Ahora Joan siente que se ha establecido para los restos en la ciudad, más cuando se casó con «una vitoriana de toda la vida». «No es que me arrepienta -prosigue-, es que se me han abierto puertas aquí que no había en Barcelona. He podido trabajar con cerebros humanos 'post mortem' que sufrían enfermedades mentales».
De Vitoria elogia las sensaciones que genera. «Al llegar, ves que es una vida cómoda si tienes un sueldo relativamente bueno que ejerce de colchón psicológico. Viví tres años en la calle Rioja sin usar un vehículo y comía tranquilamente en casa. Increíble». Cree que la ciudad elegida es «muy recomendable», aunque matiza que en estas consideraciones interviene la edad. «Cuando llegas con 35 años valoras otras ventajas. Vitoria tiene elementos naturales muy bonitos y patrimonio histórico. Y la gente es sencilla, no encuentras arrogancias».
Rivera va a cumplir los 68 y lleva medio siglo entre nosotros. Volcado durante años en el baloncesto, abundantes crónicas periodísticas incluidas, llegó de su Línea de la Concepción natal por la llamada laboral que ejercía la zona. «Allí, entonces, el único porvenir estaba en Gibraltar, pero cerraron la verja y me vine para aquí, donde ya estaban dos hermanos. Llegué a Vitoria un domingo y el lunes, a las seis de la mañana, ya estaba trabajando en el Kas de Beato Tomás de Zumárraga».
José Antonio preside el centro andaluz Séneca, pero asegura «querer esta tierra como el primero». Ya desde la atalaya de la jubilación observa Vitoria como «un ejemplo para otras muchas ciudades por la forma de trabajar y la planificación». Y huye de las etiquetas como de la peste. «Andaluces, vagos... El alavés, falso y cortés... Esos clichés nunca me han gustado. A todo el mundo le va la jota».
El hombre universal
En el caso de Carlos Villarino, gran aficionado al fútbol, la procedencia es chivata. Se le echa el balón bien alto y lo pincha con una aptitud carioca. Sus padres, de Ourense, viajaron a Brasil «para hacer las Américas, en busca de El Dorado». Estuvieron once años en Río, donde él nació. Regresaron para dejarle con cuatro añitos en casa de los abuelos gallegos -«veía a mis padres en agosto»- y marcharon a Suiza, donde Carlos vivió quince meses y aprendió el idioma francés que aún conserva.
El padre le conminó a estudiar Electricidad, «pero imagínate, yo le tengo pánico a los cables», y desde hace dieciocho años es delegado comercial para la zona norte de una importante empresa de educación a distancia. «Me gusta lo que hago», añade un buen ejemplo de las relaciones públicas. Carlos bendice aquella decisión de instalarse en Vitoria que tomaron sus padres allá por 1970. «Estoy integrado en todos los sentidos, me considero alavés y alavesista y me parece una ciudad ideal. Fíjate si estoy arraigado que mi hijo nació el día del Celedón Txiki». Es Borja, un zurdito con maneras.





