
Parte de la explicación del repunte de la inflación se halla en el petróleo, cuyos precios se han situado en máximos históricos. La novedad han sido los alimentos, algunos de los cuales -por ejemplo, leche y pan- han sufrido subidas espectaculares. Todo ello es resultado de la pujanza de los países en desarrollo, en particular de China e India. A lo cual se ha unido la creciente utilización de productos como maíz o azúcar para obtener biocombustibles. Aún así, la mayoría de los analistas consideran que, salvo quizá el crudo, el precio de las materias primas tenderá a remitir a medio plazo. También consideran que en el área de la OCDE la desaceleración económica contribuirá a que la inflación sea un fenómeno pasajero. En nuestro caso estiman que, si somos capaces de sujetar las expectativas de los agentes, la inflexión se producirá en la primavera, de forma que el crecimiento medio del IPC se sitúe en 2008 ligeramente por encima del 3%.
No podemos dejar, por tanto, que la economía interiorice un fenómeno exógeno y, en parte, transitorio. De ahí la preocupación del Banco de España por las cláusulas de salvaguarda, ya que, a la postre, indician los salarios atendiendo a la inflación pasada. En la fase del ciclo en que nos hallamos, se corre el riesgo de que esa deriva salarial haga recaer todo el peso del ajuste sobre el empleo temporal. Otra fuente de inquietud es el comportamiento de los sectores poco expuestos a la competencia, cuyos márgenes han sido uno de los principales focos inflacionistas. De todos ellos el más significativo es el de la distribución comercial, que en la practica actúa como un oligopolio. Una situación gestada en las autonomías, cuyas legislaciones, a fin de proteger al pequeño comercio, restringen la entrada de nuevos competidores. Los beneficiarios han sido, sin embargo, un puñado de grandes marcas ya instaladas, a las que las barreras legales otorgan poder de mercado.
Una revisión al alza de las expectativas de inflación podría, entre otras cosas, dañar la competitividad de una economía cuyo déficit comercial es el segundo mayor del mundo. Lo que, a su vez, haría inviable que el sector exterior ejerza el papel moderador que le ha asignado el Gobierno, contribuyendo a que en 2008 el crecimiento del PIB supere la cota del 2,5% prevista por la OCDE. Es un objetivo ambicioso, dada la especialización de la estructura productiva y el destino de las exportaciones. Para lograrlo debemos frenar el ensanchamiento del diferencial de precios frente a la zona euro, evitando así que se acelere la pérdida de cuota de mercado. Conviene recordar que ese grupo de países representa cerca de tres quintas partes de nuestras ventas al extranjero, lo que le convierte en pieza clave de la estrategia de revitalización del sector exterior. Tanto más por cuanto nuestros recientes éxitos en otras áreas geográficas pueden verse amenazados por la fortaleza del euro.
Algo que suele obviarse al pedir sacrificios es la representatividad del IPC para medir las variaciones del coste de la vida. Desde el nacimiento del euro hay una percepción de que la cesta de la compra sube mucho más de lo que refleja ese índice. Pero esto es un fenómeno psicológico, al que no es ajeno la existencia de partidas en que los precios cambian a menudo y el pago es en efectivo. Más relevancia tiene el hecho de que, en un país donde el 85% de los ciudadanos son dueños de su domicilio, el IPC sólo incluya los alquileres. Para hacerse una idea del sesgo introducido, baste señalar que en la Encuesta de Presupuestos Familiares, que imputa un alquiler en concepto de consumo al hogar propietario de su residencia, el peso del gasto en vivienda es casi tres veces mayor que en el IPC. Si se hubiese actuado igual al calcular ese índice, tal y como hacen Holanda, Alemania o EE UU, la inflación en la fase álgida del 'boom' habría sido muy superior a la oficial.
Llegados a este punto cabe plantearse qué puede hacerse para curar el mal de precios. En política monetaria nada, ya que hemos cedido nuestra soberanía al BCE. En materia fiscal el margen es reducido, lo cual contrasta con propuestas electorales en las que el rigor brilla por su ausencia. Para evitar futuros desengaños sería deseable que los candidatos cuantificasen el impacto presupuestario de sus ocurrencias. Una exigencia nada retórica ya que buena parte de los superávit del pasado son un espejismo, fruto del dinamismo del consumo y de la inversión inmobiliaria. En estos momentos de incertidumbre, el énfasis debería ponerse en las políticas de oferta, que, por lo general, no gozan del fervor popular. Habría que hablar de cosas tan antipáticas como la competencia y la liberalización de los mercados. Y posiblemente también -¿va de retro Satanás!- de la reforma de la negociación colectiva y del retraso en la edad de jubilación.







