No conozco a nadie que haya pasado por la experiencia de buscar vivienda y no se haya encontrado con algún piso que fue a visitar atraído por alguno de esos improbables calificativos que ponen las agencias inmobiliarias en los anuncios por palabras para dar a entender que son pequeños: caprichoso, coquetón, etc. Y sexto sin ascensor.
La mujer de la Agencia (a mí me tocaron más mujeres que hombres) venía siempre con una agenda gruesa y siempre decía que se estaba en negociaciones con el dueño de la lonja que ocupaba el bajo para instalar ascensor.
Era un clásico en la compra de pisos y los propietarios, cuando estaban dispuestos a vender, pedían un precio por los bajos que parecían los suyos propios. Esta iniciativa de Madrazo es una de esas que contribuyen a hacer las ciudades más humanas y la convivencia más amable.
Todas las casas antiguas sin ascensor se convierten a largo plazo en ratoneras para sus inquilinos. Cuando la edad va limitando la movilidad de las piernas, a los vecinos no les quedan más que dos opciones: resignarse a no salir de casa o mudarse, con lo que esto supone de desarraigo, después de años o décadas de vivir en el mismo vecindario. Es una iniciativa muy plausible.









