Antes, al menos, se aventuraba escaleras abajo -hay 164, las tiene muy bien contadas, porque cada peldaño es un dolor- una vez por semana para ir a la peluquería y visitar el hogar del jubilado. Pero, últimamente, los años y el desánimo la pueden y ha empezado a espaciar estas excursiones. Y el ascensor, por el que ha suspirado durante años, no acaba de llegar, ya que la comunidad de vecinos necesita parte del espacio que ocupa una antigua serrería en los bajos del edificio. «Hemos estado dos años intentando lograr un acuerdo y hasta ahora, no ha habido forma, aunque nos han dicho que la compra del espacio que nos hace falta se está ultimando en estos momentos», explica Esther, otra vecina del inmueble, de 74 años.
«Dios os oiga»
A Sara, que es la más anciana del inmueble, cuando le comentan los avances con los propietarios del negocio y la tratan de animar diciéndole que el ascensor está cada vez más cerca, sólo repite como un mantra «Dios os oiga, Dios os oiga». «Pobrecilla, dice Esther, con lo que le gusta a ella el parquecito. A ver si nos dan a todos una alegría ¿Si estamos dispuestos a pagar, de verdad!», dice Esther por lo bajini.
Quizá la iniciativa que anunció ayer Urbanismo sirva para agilizar casos como éste. O como el del número 35 de la calle Fray Juan, en Zorroza, donde los vecinos tuvieron que luchar durante dos años para que la biblioteca municipal ubicada en los bajos del edificio les cediese un metro cuadrado que les hacía falta para instalar el elevador, que, finalmente se colocará en julio. Varias personas de la casa están impedidas y han sufrido un calvario durante este tiempo y una de ellas, la vecina del sexto, tuvo que irse a una residencia porque era incapaz de subir las demoledoras escaleras. «Creemos que regresará a su casa en cuanto pongan el ascensor nos dice su hijo que volver es su sueño», dice un vecino. Ojalá que Sara pueda ver cumplido pronto el suyo, que es el inverso: salir de su piso y sentarse en un banco en una tarde soleada.









