Son las palabras, manuscritas en un folio cuadriculado, de un joven de 17 años interno desde hace casi doce meses en el centro de menores de Uribarri-Landa. Nacido en el seno de una familia acomodada -«hijo de profesionales liberales de clase alta»- este chico tenía todo a su alcance para ser feliz. Pero, lejos de aprovechar, y de agradecer, esa oportunidad que le daba la vida, optó por enrolarse en el peligroso círculo de las drogas y del delito.
Su identidad permanece en el anonimato, pero no así su historia. Con tan sólo 16 años, este chico ingresó en Landa acusado formalmente por el juez de maltratar a su madre. «Sus padres no pudieron con él y no quedó más remedio que internarlo», cuenta Eduardo Cabrera. Según su testimonio, la situación «continúa enquistada» y, a falta de un mes para que el joven cumpla su castigo, su vuelta al hogar familiar no parece ser la mejor solución.
Protegido y controlado
Lo admite el propio delincuente en una carta que ha decidido escribir él mismo al juez de Menores. En Landa, se siente protegido y, lo más importante, controlado. A salvo de las drogas que estaban destruyendo su vida.
Interno en régimen semiabierto, acude todos los días a un instituto de Vitoria, donde cursa tercero de ESO. Por la tarde, practica deporte -fútbol, baloncesto, balonmano o voleibol- con el resto de sus compañeros, participa en terapias de grupo y educadores y psicólogos siguen de cerca sus progresos. «Ha avanzado mucho, pero quizá no sea el mejor momento para que vuelva a casa. En cualquier caso, la decisión la debe tomar el juez y la Diputación de Vizcaya, que es la que tiene su tutela».





