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El Carnaval calienta Bilbao
Miles de ciudadanos desafiaron al frío y se echaron a la calle para vivir un agitado y divertido desfile que hizo de la Gran Vía un sambódromo

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El Carnaval calienta Bilbao
PARA TODOS LOS PÚBLICOS. De nuevo, las calles reunieron a niños y mayores unidos por las ganas de pasarlo bien. / REPORTAJE FOTOGRÁFICO DE FERNANDO GÓMEZ Y MITXEL ATRIO
Se le oyó a una mamá antes del desfile: 'Cuidado, Caperucita'. Y es verdad. La calle, según se mire, es en estas fechas festivas un peligro. Sin orden ni control. Una familia de vampiros fotografió a un reo con su impecable uniforme carcelario ante las mismísimas narices de una nutrida patrulla de policías municipales y no pasó nada. Una banda de mafiosos con pinta de chulos de discoteca se hizo la dueña de la calle a escasos metros de la sede de la Ertzaintza y tampoco pasó nada.

Y una pandilla de trogloditas, todos muy primitivos, se despachó a gusto con todas las tías que fueron encontrándose en el camino -«¿Huy!, ¿te gusto?», fueron las perlas más suaves que les dedicaron- e, igualmente, no pasó nada de nada.

Es lo que tiene Bilbao cuando se entrega al desenfreno. Que muchos hacen de su capa un sayo y se dedican a meter el miedo en el cuerpo. Es lo que les pasa a chavales como Alejandro Verano, que ya se cree Spiderman. Otros convirtieron la Gran Vía en un sambódromo, aunque el mercurio anduvo tiritando y fue incapaz de rebasar los ocho grados. Con unas mallas marrones y un cuerpo que no dejó frío a casi nadie, la carioca Cristina se rió de su añorado Janeiro, del tan cacareado cambio climático y de todo el que pasase a su lado. Se despachó a gusto a ritmo de samba ante los atónitos ojos de un tigre del Amazonas que levantaba la cola ante los movimientos de la bailarina. Que el animal tampoco es de piedra, pensó la fiera, aunque fuera de cartón.

Maceros con mallas

Pero los bilbaínos, cuando les sale su lado más atrevido, tampoco se quedan atrás y olvidan su seriedad. Tipos sobrios como los maceros, que jamás abandonan sus austeras formas, se elevaron sobre plataformas de vértigo y sacaron del armario todas sus 'plumas' y transparencias para repartir besos -y a saber lo que ofrecerían bien entrada la noche con sus ajustadísimos leggins- a diestro y siniestro. «Guapísimas de la muerte», gritaban desde su carroza Oscar Vivó y Giovanna Torres.

Con una lluvia que amenazó por la mañana pero se negó a aguar la fiesta por la tarde, hay tipos, sin embargo, a los que la fiesta les trae al pairo. Van a lo suyo. Ni en tiempos de desenfreno se olvidan de la amenaza de la guadaña y disfrutan yendo divinos de la muerte, con caras de asombro y terror. Otros, en cambio, se muestran más terrenales aunque siguen agrandando su merecida fama ganada a base de buenas panzadas.

Al Gargantúa, arrastrado por los bueyes del erandiotarra Jon Bikarregi y que abrió el desfile a ritmo de mariachis, nada se le atraganta. No cerró la boca ni un minuto. Por si algo caía, debió pensar. Se le hacía la boca agua viendo tan cerca a los pequeños e inofensivos Jon Ugarte de 2 años, convertido en un diminuto dálmata, o Uxue Alonso, transformada en una ratita presumida, y al hermano de ésta en un lindo cangurito sin poder hincarles el diente. El glotón se puso carnavalesco. Pero pura fachada. Lució un antifaz -azul bilbao, claro- pero una nariz al estilo pinocho delató sus aviesas intenciones. Tuvo que hacer de tripas corazón cuando le merodeó Unai Argote y aguantarse las ganas para no ser acusado de infanticidio. A sus tres años, este niño no levanta un palmo del suelo, pero tiene claras dos cosas: que no tiene miedo a nada y que tampoco quiere crecer. Va por la vida ya de Peter Pan.

El murciélago y la basura

Y cuando la altura, de momento, no da para más, hay que abrir los ojos y plantarse donde sea. Fue lo que hizo Jon Otxandiano. Sólo cuatro años, pero un murciélago de cuidado. Sólo le faltó desplegar las alas. Se colocó en lo alto de un contenedor de basura para ver pasar el cortejo. Isabel Morejón, líder de una cuadrilla de cocineros de Pozas, defendió su buena mano y gritó a quien quisiera escucharla que en cuestiones de fogones lo que prima es «la cocina vizcaína, que no vasca».

Algunos hicieron piña familiar. Nuria González no se cortó un pelo: «Voy de lo que soy, de bruja». Sus vástagos Haritz Hidalgo, de zorro y la más pequeña -Lorena- de Caperucita. La misma a la que, al principio, aconsejó mucho cuidado. La cosa, de verdad, se las traía. Enfrente del Palacio foral, un grupo infantil de cavernícolas y romanos armaron la de Troya con sus espadas y dejaron secas las flores de varias jardineras. Es lo que tiene el Carnaval. Todo es posible cuando se pierde el orden. Aunque algunos aprovechan el desenfreno con otras vistas. Como los brasileños que emularon a Ronaldo intentando ganarse con sus filigranas a Cristina, que calentó el Carnaval bilbaíno.

l.gomez@diario-elcorreo.com
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