
EL PERSONAJE
«Yo no soy importante, el importante era mi tío», insiste. Enseguida, María Jesús. Esta mujer que encarna la memoria de Alejandro, uno de los primeros 'boy scouts' de Vitoria, ganó a los catorce años su prueba inaugural de natación, los 200 metros braza. Entrenada por el padre de Toti Martínez de Lezea, una temporada después se proclamó campeona provincial y en 1999 quedó segunda de España. Como no parecía bastarle con el agua, tiró la vista hacia arriba para escalar montes con el Club Alpino Alavés.
La familia le recomendó estudios relacionados con la salud, pero ella había crecido en el taller de su tía modista. «Yo quería con ella, a los trapos». Y desde los ocho años hasta la jubilación trabajó la ropa de calidad que vestían aristócratas, algunas venidas desde la lejana Extremadura.
Llega el turno del tío Alejandro. María Jesús extiende fotografías antiguas, recortes de periódicos, fotocopias y objetos de aquel chico metido a 'boy scout'. El sobrino de Manuel Iradier y Bulfy, con la exploración corriéndole por las venas, fundó en 1912 el comité local de los aventureros. «Yo creo que le reclutaron porque mi tío era muy buen deportista». Con quince añitos (1913), Alejandro recibió el título de subinstructor.
Eugenia de Montijo
Inspirada en los grupos juveniles ingleses, la organización trataba de inculcar en los chicos valores muy pregonados entonces, como el orden, la disciplina y el compañerismo. Además de enseñar habilidades prácticas para la vida.
Como premio, el tío Alejandro formó parte de la expedición a Londres, vía París. El día en que los 'boy scouts' vitorianos acudieron al palacio de Buckingham le tocó portar la bandera. Y allí estaba una anciana de noventa años, ataviada toda de negro e incapaz de contener la emoción. Era la exiliada Eugenia de Montijo.
Desde luego, no puede decirse que la existencia de Alejandro Giménez se ajustara a los cánones del aburrimiento. El 9 de septiembre de 1916, junto a su hermano y padre de María Jesús, marchó a Tarbes para ayudar a los aliados en la Primera Guerra Mundial. «Como estaba muy cerca, todos los domingos iban a misa a Lourdes».
Al regreso de Francia, Alejandro tomó la decisión que le marcaría dos tercios de su vida. Salió una plaza de guarnicionero en Tetuán y allí marchó con veinte años para volver a Vitoria ya jubilado. «Trabajaba para el Ejército sin ser militar, aunque le dieron el grado de capitán de Regulares. Era como una contrata».
Su taller norteafricano -donde se preparaban sillas de montar, carruajes y uniformes- fue la bendición para un puñado de jóvenes alaveses destinados a cumplir la mili allá. «Los chavales estaban encantados. Mi tío abría los armarios del taller y allí tenía alubia pinta alavesa, matanza... ¿Les montaba unas merendolas!».
María Jesús -«alavesa hasta las cachas»- oficia como la memoria del explorador, del aliado, del guarnicionero. «Cada día doy gracias a Dios por la salud que me está dando».
Uno da fe de que esta mujer menuda y vivaz obedece el axioma de 'mens sana in corpore sano'. Aquella nadadora que atravesó el Urumea donostiarra y el Abra bilbaíno conserva una cabeza prodigiosa, como la genética que adorna a su familia.





