
La situación no parecía grave cuando June Santisteban, de 27 años, se levantó. «A las nueve de la mañana tenía algunas contracciones, así que llamamos a mi madre para que viniese a cuidar a las niñas», recuerda. Las nenas son Leizadi y Erin, de uno y dos años. Si el parto llegaba, alguien tendría que quedarse con ellas mientras su marido, Ángel Fernández, la acompañaba al hospital. Al mismo tiempo, llamaron a la DYA.
Quien estaba de servicio en la ambulancia era Janire Beristain, y a esa hora aún no se imaginaba que pocos minutos más tarde estaría ayudando, por primera vez, a dar a luz a una mujer. «Fuimos a la calle Juntas Generales porque recibimos una llamada de una mujer que tenía contracciones. Pero la cosa fue más rápida de lo que esperábamos».
La naturaleza se aceleró y June rompió aguas a las nueve y media. «De repente, cuando estaba tumbada en la cama, noté que salía el niño». Cuando llegó la ambulancia logró bajar al portal pero «ya notaba la cabeza, que iba a salir. Y allí, al lado, ocurrió». Dio el tiempo justo para que entrase en el vehículo y para que el personal de la DYA llamase a una UVI móvil porque se veía venir cómo acabaría la cosa.
«La metimos en la camilla y el médico coordinador nos dijo que esperásemos a la UVI», recuerda Janire. Sin embargo, la madre «quería ir al hospital para dar a luz tranquila». No hubo tiempo para discusiones ni esperas porque al niño Ángel le entró prisa y no esperó re-fuerzos. «Quería salir y no se pudo hacer más», resume la sanitaria.
A todo esto, June luchaba contra los nervios. «Tenía miedo por si había complicaciones, aunque la chica de la DYA me tranquilizaba». Y, al final, esta madre bilbaína residente en Vitoria se puso a empujar. «Sin epidural ni nada, a lo antiguo». En sus dos partos anteriores se había valido de la anestesia para esquivar la maldición bíblica, pero esta vez parió con «mucho dolor».
Como hace un siglo
«Sólo faltaba que calentásemos agua y toallas, como hace un siglo», desdramatiza Ángel, el padre. En la ambulancia se creó entonces un mundo aparte. El hombre cogía la mano de la parturienta, «le daba masajes en la cara y trataba de calmarla». La técnico de la DYA ponía su buena voluntad «aunque la pobre casi no sabía qué hacer», dice la madre, que era el centro de todo.
Tuvo suerte y el parto fue rápido, «el niño salió casi disparado», recuerda Janire. No hubo problemas y, si se hubiese torcido, allí llegó la UVI. Los médicos cortaron el cordón umbilical y el niño, envuelto en una manta térmica, hizo el viaje hasta el hospital Txagorritxu en los brazos de su madre.





