Como sabe cualquier bilbaíno, el hospital de Santa Marina es un antiguo centro antituberculoso reconvertido a hospital para enfermos de muy larga duración. A eso de las cuatro y media de la mañana del 5 de febrero, fallece uno de los cinco octogenarios que ocupaban una habitación. Al percatarse del suceso, sus compañeros de dormitorio dan la voz de alarma. El médico de guardia certifica el fallecimiento a las 6.45 y se va. Los cuatro supervivientes se quedan velando al difunto, del que les separa una breve cortinilla. Hasta las once no vinieron a llevarse el cadáver.
Una historia como ésta obliga a cualquiera a hacer cábalas sobre la ominosa presencia del finado para sus excompañeros, pero la burocracia hospitalaria siempre puede poner en el tema un toque surrealista, porque en el ínterin la vida continuaba y las rutinas hospitalarias se aplicaron metódicamente. El personal de la limpieza hizo su tarea, el sanitario la suya, el auxiliar llevó el desayuno a los cuatro y los enfermos empezaron a recibir visitas. El orden hospitalario es, en este caso, algo inquietante, por la falta de empatía y la frialdad con la que late el pulso de la vida cotidiana. Lo escribió Lorca en 'Poeta en Nueva York': «No es el infierno, es la calle./ No es la muerte, es la tienda de frutas».
Hechos como éste son los que abonan irremediablemente el humor negro y explican su profundo arraigo entre nosotros. Qué gran guión habría hecho con estos mimbres el maestro Rafael Azcona, enfermo de alguna gravedad en esta hora. De hecho, ya lo escribió para 'Vivan los novios', una película de Luis García Berlanga a finales de los años sesenta. ¿Es esto una mala práctica hospitalaria? Doctores tiene la Santa (Marina), pero debería serlo.









