
EL PERSONAJE
Nació en Leza, localidad que quiere y a la que rindió homenaje en 2007 como ganador del cartel anunciador de la Fiesta de la Vendimia. De su infancia riojano-alavesa recuerda «las ganas de dibujar» en la escuela. Con ocho añitos llegó a Vitoria y ahora selecciona lo mejor de ambos sitios, con residencia más estable en la capital. A los quince «sin cumplir», Emilio ya trabajaba para Fournier, donde ha permanecido casi medio siglo.
Empezó de litógrafo, a los veintisiete era retocador y luego ocupó la jefatura. «Según se jubilaban los compañeros yo iba absorbiendo tareas de esas secciones para acabar como responsable de todo el proceso de reproducción en 'offset'»', resume.
Las paredes de cada dependencia en su domicilio vitoriano están repletas de sus cuadros. Le da a todos los palos de la espátula, lo mismo trabaja con acuarela que con guasch, óleo, lápiz o tinta china. Y define su estilo. «Me enseñó los primeros pasos Jesús Gargallo. Lo mío es el constructivismo moderno. Lo fundamental es el dibujo y mi pintura es figurativa, pero no fotográfica. Parto de la realidad para interpretarla y simplificarla».
Los aficionados a las pinacotecas pueden contemplar obra suya en el Museo de Bellas Artes de Álava, donde reposan algunos paisajes y un cuadro de gitanos. También en la Escuela de Artes y Oficios, templo creativo para generaciones de vitorianos. Pero todo eso no le bastaba. Durante diez años, Emilio regentó la galería de arte Rubens, en la calle Manuel Iradier. «Tenía obras de primeras firmas en pintura avanzada, moderna: Díaz de Olano, Amárica, Darío de Regoyos...».
Naipes patentados
Toda una vida entre cartas tenía que continuar ligada a los naipes. Emilio es autor de cuatro barajas propias. La primera se la editó la Caja de Ahorros de Aragón y Rioja, donde los palos tradicionales se reemplazan por uvas, jarras o sarmientos, signos del vino. Otra está dedicada a Álava y una, muy especial, conmemora el quinto centenario del descubrimiento de América. Se edita cada cincuenta años, la última es suya, y la anterior correspondía al célebre Serny. Cada una de las cartas es un verdadero cuadro de guasch. Y todas sus creaciones se encuentran patentadas en una empresa de Bilbao con el 'copyright' del autor.
Su última obra se centra en la moneda única europea, que tantos quebraderos proporciona a las economías domésticas. «Trato de encontrarle un giro a cada naipe. La mujer de perfil es una mujer vista de tres cuartos, la espada apoyada en el suelo pierde agresividad, es un signo ornamental». En la empuñadura del arma blanca, el emblema del euro. Una vuelta más a su percepción de la realidad para transformarla, tal como también entiende sus cuadros.
Sus tres primera barajas se pueden admirar, como no podía ocurrir de otro modo, en el palacio de Bendaña, museo vitoriano del naipe. Emilio aguarda ahora la posibilidad de que una empresa se interese por la baraja del milenio, con detalles evocadores de la conquista del espacio y homenaje a las aves.
Mientras espera la propuesta, Emilio seguirá pintando. No entiende su vida sin los materiales plásticos que le permiten expresarse. Aunque tampoco se impone obligaciones. «Pinto cuando quiero». Lo hará en su pequeño estudio de Aranzábal o en los setenta metros cuadrados de su taller artístico en Leza.





