
PERSONAL
Después de la especialización, se marchó a tierras asiáticas para culminar su formación. Pero la aventura no duró mucho. «Fue la época del síndrome agudo respiratorio y tuve que salir de allí rápidamente». Volvió a Inglaterra. Tiempo después, conoció a un chino que quería exportar televisiones y le propuso asociarse con él. La oferta le interesó. Voló a Pekín. Así formaron Azdisa, una compañía de exportación e importación que, con el paso del tiempo, ha ampliado su horizonte. «Empezamos con los televisores, pero ahora también operamos con gamas de construcción, paneles solares, componentes de ordenador....». El negocio está saliendo a flote. «Vamos poco a poco. Ahora hemos llegado a un acuerdo con una empresa argentina», relata. Además, ha encontrado pareja, una chica china. Y ya lleva cuatro años allí.
Lo que este bilbaíno nunca imaginó es que extrañaría tanto dos utensilios tan comunes como el cuchillo y el tenedor. «Me costó acostumbrarme a comer con los palillos chinos». De hecho, es uno de los aspectos que más cuesta arriba se le hicieron en su adaptación al país oriental. «Se me caía todo. Al principio, me llamaban 'comida rápida' porque me llevaba los alimentos a toda prisa a la boca para que no se me cayeran por el camino», comenta.
El idioma, controlado
Nueva cultura, nuevas gentes... A Antonio le gusta vivir en Pekín, pero la suciedad de la ciudad le lleva por la calle de la amargura. «Hay tanta contaminación que parece que es niebla. Están pensando cómo arreglarlo para los Juegos Olímpicos y una solución que se baraja es que los días impares salgan unos coches y los pares, el resto», revela.
El idioma lo tiene controlado. «En el día a día me defiendo, pero escribirlo es complicado. Sólo conozco unos 1.200 símbolos. En total serán unos 68.000, así que con eso lo resumo todo», bromea. Los caracteres no tienen nada que ver con nuestra escritura: «Un símbolo corresponde a una palabra. El origen viene de la antigüedad, cuando se dibujaba un árbol con peras para denominar a la acción de recolectar». Y de ahí, con algunas modificaciones, hasta ahora. Un sistema complejo.
El regreso a su tierra no entra dentro de sus planes. Pero le gustaría volver en un futuro no muy lejano. «Echo de menos todo aquello. Cada vez me cuesta más estar fuera del País Vasco», confiesa. Y es que lleva casi diez años lejos de casa, y la distancia y las diferencias culturales pesan: «No poder ir en Navidad a casa te deja tocado. Como le digo a ama, ya no tengo Olentzero».





