A esta pregunta que se pueden hacer todos los niños de hoy, yo les respondo sencillamente que no echábamos de menos nada, que vivíamos felices y nos lo pasábamos pipa disfrutando con los demás niños en esa zona de convivencia humana que es -o mejor dicho, que era- la calle. La calle de todos y, sobre todo, de los peatones.
Nunca olvido aquella edad en la que salíamos de la escuela a las cinco de la tarde, llegábamos a casa sin deberes, dejábamos la cartera -que sólo contenía la pizarra y la enciclopedia-, cogíamos la merienda -pan y chocolate- y nos íbamos a la calle a jugar y disfrutar con los demás escolares hasta la hora de cenar.
La calle ofrecía infinitas posibilidades de diversión y una de ellas era la de jugar al escondite con los empleados de la limpieza pública, encargados de regar las calles con su manguera y cuando aparecía uno, nos colocábamos a prudente distancia repitiendo alegremente aquella cantinela de 'La manga riega, que aquí no llega...'. El manguero nos seguía la corriente y lanzaba el agua hacia nosotros para espantarnos. A veces, incluso, participaba de nuestro juego, elevando el potente chorro en una amplia parábola para que pasáramos corriendo por debajo.
Pero no todos los mangueros tenían este talante, a juzgar por esta noticia que he podido copiar en el periódico del 23 de julio de 1885. Léanla: «Los mangueros encargados del riego en la calle de la Estación -hoy calle de Navarra, aclaro- han dado estos últimos días en la gracia de dirigir el chorro del agua de la manga contra los transeúntes que aciertan a ponerse a tiro, y nos consta que han puesto ya como una sopa a mas de un sujeto».
Me imagino que aquellos mangueros sabrían elegir sus víctimas entre los transeúntes que por su constitución física no podían agradecer la ducha gratuita con una exhibición de boxeo, también gratuita por supuesto para corresponder a su gentileza.









