Que la destinataria de semejante mensaje sea una dirigente política tan marcada por el terror etarra y a la que la banda ya intentó matar, junto a algunos de sus compañeros de partido, en el homenaje a un concejal asesinado a su vez, intensifica la gravedad de lo ocurrido ayer en Santiago y, singularmente, los peligros que acechan tras la banalización de la violencia. La ignorancia despreciativa que exhibieron los congregados hacia la trayectoria democrática de quien pretendía utilizar la palabra en un lugar donde ésta siempre debe primar en su sentido más constructivo y conciliador resulta dolorosamente pareja a su reprobable modo de minusvalorar el daño que ha provocado el recurso a la violencia dentro y fuera de Euskadi. La condena unánime de las fuerzas democráticas gallegas y el arropamiento ofrecido por la Mesa del Parlamento vasco a la responsable del PP suponen un imprescindible gesto de repulsa que precisa ser puesto a salvo de la diatriba partidista para poder ejercer un auténtico poder reprobador sobre quienes deben sentirse tan censurados en su conducta como para no repetirla.







