Son casi 900.000 los euros que la Diputación, madre nutricia, va a destinar a este bienintencionado empeño, en el que coincide el Gobierno vasco, mediante la creación de Iberbasque, que tiene como función atraer talentos de fuera para reforzar las universidades vascas. Es de esperar que si fichan a algún investigador de Stanford, pongamos por caso, no quieran hacerle pelear por una plaza bilingüe, que son las únicas que salen a concurso para los licenciados del común. Luego están los universitarios vascos que trabajan en el exterior y que en los últimos dos años han recibido cartas de organismos públicos para sondear la posibilidad de su regreso.
En la década pasada, durante un almuerzo que el lehendakari mantuvo con el Círculo de Empresarios Vascos y ante el irreductible optimismo que Ibarretxe mostraba ante el futuro, el malogrado presidente, José María Vizcaíno, le ofreció una encuesta: «Lehendakari, ¿quieres que levantemos la mano los que tenemos a nuestros hijos estudiando o trabajando en Madrid?».
Los domingos por la tarde, en la terminal de autobuses, se ve cantidad de jóvenes que vuelven a la ciudad en la que estudian, tras pasar el fin de semana con sus familias. Es una medida positiva, pero tendría más efecto si retirásemos las barreras internas que están en el origen de la diáspora. La discriminación por el euskera, un suponer. Que traten a todos los licenciados vascos como si vinieran del M.I.T.









