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Sociedad

LA VIDA COTIDIANA EN UN PENAL
Un solo día en el talego
Dos periodistas de EL CORREO visitan la cárcel alavesa de Nanclares de la Oca, donde cumplen condena cerca de 800 presos y presas

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Un solo día en el talego
LA CELDA. Son individuales, aunque en muchas hay literas para dos personas. Pueden poner televisión y personalizarla con cortinas, cuadros, fotos... / FOTOS: LUIS ÁNGEL GÓMEZ
La semana pasada se celebraron dos bodas entre internos en la cárcel de Nanclares de la Oca (Álava). «Se casan muchísimo, pero también se separan», aclara Pilar, subdirectora de Tratamiento. «Tienen falta de afecto y necesitan atención, así que cuando cruzan una mirada, piden una comunicación (un vis)». En Nanclares cumplen condena 719 presos y 79 presas, la mayoría por tráfico de drogas y robos, aunque también hay asesinos en serie, sicarios, 18 etarras, hijos de altos cargos, médicos que vendían recetas de psicofármacos, empresarios, periodistas, implicados en la famosa 'Operación Malaya' de blanqueo de capitales en Marbella... y hasta un hombre, el 'Torongo', que nació hace 30 años en prisión y fue amamantado por su madre en una celda. Existen varios tipos de reclusos: el que delinque por «auténtica necesidad», el «profesional» y otros por «puro azar», como quien empuja a alguien que cae y se desnuca.

El 35% son extranjeros; «al carecer de domicilio conocido, las medidas provisionales se aplican con más rigor», explica el director de la prisión, Juan Antonio Pérez Zarate, antiguo educador en la cárcel de Basauri. «Conozco a todos los presos por el nombre y apellidos, y su situación familiar. He jugado a palas y me he duchado con ellos», se enorgullece. 400 están estudiando, un centenar sale cada día a trabajar y cotiza a la Seguridad Social. La cárcel ya no es lo que era. «No son angelitos, no es un sitio idílico ni la panacea de nada. No es la solución al paro, a la desgracia, a la falta de oportunidades... Un tío que llega aquí con 34 años, ¿qué pretenden que salga nuevo, que no reincida? No podemos cambiar la educación, la mente de una persona en cuatro años», argumenta el responsable.

Dos periodistas de EL CORREO visitaron el penal, recorrieron las laberínticas instalaciones guiados por funcionarios y conversaron sin censura con los presos. «Esto no es un zoo, nuestra principal obligación es cuidar a los internos y no les gusta sentirse observados». Todas las fotografías y nombres aparecen en este reportaje con el consentimiento de sus protagonistas. Otros prefieren que su círculo no sepa dónde están.

No es fácil entrar en Nanclares ni en cualquiera otra cárcel. Un permiso para un periodista puede demorarse hasta dos años, aunque al final llega. Después de traspasar la garita de entrada, donde la Ertzaintza revisa hasta el maletero del coche, aún hay que cruzar tres grandes puertas, todas ellas con vigilancia. El muro exterior está rodeado de alambrada no electrificada; se prohibió. Junto al paso hacia los locutorios, donde los presos se reúnen con sus mujeres, maridos y otros familiares o abogados en los vises, se levanta una estatua que recuerda que Nanclares fue campo de concentración para homosexuales.

EL PATIO

La primera imagen que impacta al visitante es la de decenas de presos que caminan de forma mecánica de un lado a otro del patio a un ritmo vivo, sin parar. No dan más de cien pasos en cada vuelta. Algunos van en grupo y charlan, otros solos. «Ninguno puede meterse en el camino del otro», aclaran los funcionarios. Las esquinas también están tomadas por internos que toman el sol, o simplemente matan el tiempo. Hoy hace un día radiante, aunque fresco. Cada uno de los cuatro módulos tiene su propio patio. El modulo cinco lo ocupan quienes acaban de entrar «hasta que les conocemos», los que se enzarzan en alguna pelea -que son encerrados en células de aislamiento- y los internos que buscan refugio si se sienten amenazados por la población carcelaria. El 'mataviejas', un asesino en serie de ancianas de Santander, fue asesinado a manos de otros reclusos de 113 puñaladas en la cárcel de Salamanca en 2002.

Se cuenta también intramuros que se ha puesto precio a la cabeza de un preso, el que sacó una foto con un móvil al ex alcalde de Marbella en la prisión de Alhaurín y vendió, al parecer, por 500 euros. Recibió una paliza días después. En la imagen divulgada en medios de comunicación de ámbito nacional aparecía un 'kíe' (líder carcelario en el argot), cuya familia desconocía su paradero. Es la ley de prisión, la trena, el trullo, el talego, el maco...

MÓDULO UNO

Alberga «a los penados puros y duros», a los presos con condenas más largas, resume Juan Antonio Pérez. La pena media es de 25 a 30 años. Hay 147 internos, entre ellos Koldo Larrañaga, con varias condenas por homicidios; Ramón Talegón, que asesinó a su suegra a golpes en Vitoria y robó la caja fuerte; un septuagenario que abusaba de minusválidos y otros muchos reclusos cuyo hecho delictivo no tuvo ninguna repercusión mediática. En este módulo, los internos ya han asumido que van a pasar una larga temporada a la sombra y están resignados. Gracias a eso es el más tranquilo. «Se respetan entre ellos y también a los funcionarios». Es la hora de comer y están alborotados. Los presos se quejan del menú. Entre ellos Jaime Sa, un gigantón angoleño de 41 años y más de 100 kilos, que cumple 15 por tráfico de drogas. El pasado octubre, Jaime salió por primera vez para hacer un tramo del Camino de Santiago con otros internos, funcionarios, voluntarios y Charlie, el capellán de la prisión. A Jaime le gustó mucho la experiencia y dice que se hizo «famoso»; salió en los medios de comunicación.

El menú general de hoy -hay también para vegetarianos, musulmanes y sin sal- consiste en alubias, carne de vacuno con patatas fritas y un plátano de postre. No tiene mala pinta, aunque a ellos no les gusta: dicen que el filete está crudo y piden a los periodistas que lo cuenten. «Me alimento gracias al economato y a la fruta que compro fuera», protesta un joven con visera, que en más de diez años de condena nunca ha disfrutado de un permiso. «Que voy a estar aquí toda la vida por un error que cometí a los 18. La Justicia no existe, es mejor el ojo por ojo», proclama con rabia. Las malas lenguas dicen que cuando toca muslo de pollo, los vegetarianos también lo eligen y no llega para todos, lo que levanta ampollas.

-¿Qué tal has comido, Emilio?

-Poco, los gitanos comemos poco, la ley gitana no nos deja.

-¿Qué haces aquí?

-Pagando, por robar.

Los internos requieren insistentemente a la subdirectora y a los dos funcionarios, Antonio y Ana, para hablarles de sus casos y pedir que se agilice su 'condicional'.

EL ECONOMATO

En la cárcel, el dinero en metálico no sirve. Cada preso dispone de una tarjeta de plástico, del mismo tamaño que las de crédito, con las que se compra en el economato, la tienda del penal. Los internos tienen dinero si trabajan dentro del centro o fuera, o si se lo facilitan sus familiares y allegados. Del economato del módulo 1 se encargan Asier, segunda condena por tráfico de estupefacientes, y Eduardo, que luce melena, con 18 años de cárcel por asesinato. No venden alcohol, sólo refrescos y agua, y el producto estrella es el tabaco. «En la cárcel es el mayor vicio; si cuando entras no fumas, saldrás con un pitillo en la boca», pronostican. Es un cuarto cerrado con una 'ventanita' para realizar el intercambio y el único de la prisión que presta. «Si no fías, hay puñaladas», zanja Asier. «En este módulo, más de la mitad no trabajan y a algunos tampoco les viene la familia a ver». Él y su compañero cobran 216 euros por atender el 'chiringuito', un puesto goloso.

Asier, que no para de hablar, está estos días ilusionado. Con voz ronca de haber quemado muchas noches, y un pendiente en la oreja, explica que dentro de poco saldrá para celebrar la comunión de su hijo, que tiene ya diez años. Hace tres tuvo que enfrentarse al difícil trago de explicarle que su padre estaba en la cárcel. «Se lo dije en un vis a vis. No entendía por qué tenía que verme siempre a través de un cristal, quería tocarme. Ha estado un año en un psicólogo». Ahora, puede estar con él todos los fines de semana durante una hora y media, y con su mujer los jueves «en el íntimo». Pero cada vez la condena se le hace más larga. Asier reconoce que empezó a traficar con 19 años «por la pasta», pero «ahora para mí el dinero ya no tiene importancia. Cambiaría muchas de las cosas que tengo, un chalé en Laredo, un piso en Barakaldo... por estar en libertad». La primera vez que cayó preso, con 20 años en Martutene, sintió alivio. «Estaba muy estresado, casi me matan unos traficantes gallegos muy peligrosos». Pero, «yo ya me he retirado». Sueña con reencontrarse con su mujer, «mi novia de toda la vida», y abrir un negocio de hípica en Barakaldo. «He probado todas las drogas menos el 'caballo', pero tenido mis principios, nunca he vendido a menores». Asier desvela que entre rejas circulan todo tipo de sustancias. «Aquí hay mucha droga», sentencia.

Los invitados coinciden en la puerta con dos mujeres representantes del PIJ (Programa de Intercambio de Jeringuillas), pensado para atajar el sida en la cárcel y pionero en el centro penitenciario de Basauri. Los responsables de Nanclares admiten que el férreo control no llega a los recovecos íntimos del cuerpo de cada persona que entra.

Asier y Eduardo creen que «hay más gente que no es libre en la calle que en prisión». Ambos mantienen buena relación con los demás internos. «A veces un asesino en serie, como hay aquí dentro, es una persona estupenda, y uno que roba tiendas, un 'hijoputa'». Cuando no atienden el economato, juegan a pala o al dominó. «Mucho más no se puede hacer», se quejan. El pasado miércoles se organizaba en la sala de teatro un concierto de un grupo musical llamado Rockaína.

LA BIBLIOTECA

La subdirectora y los funcionarios recuerdan, sin embargo, que «de la cárcel se puede salir con estudios universitarios». Los internos tienen la posibilidad de cursar todos los niveles educativos, desde la alfabetización, para los inmigrantes que aprenden castellano, hasta la educación secundaria, donde comparten aulas con las mujeres, y hasta la UNED (universidad a distancia). Hay internos a los que la dirección permite instalar un ordenador en la celda, como Luis Gomes, un joven de Guinea-Bissau condenado por tráfico de drogas en Bilbao. Luce unas gafas que le dan un aire intelectual. Luis, que apenas se para a hablar porque tiene prisa, se ha conjurado para sacarse en prisión la carrera de Informática.

Si optan por la formación profesional, pueden pintar fachadas, aprender albañilería o fontanería... y después hacer 'chapuzas' en la propia cárcel o trabajar para contratas de empresas y cobrar un pequeño sueldo. «Pero no todos quieren ser reinsertados. Quien quiere, puede. Al menos cuentan con los medios para intentarlo, pero si empiezan a consumir, a meterse en peleas, con partes...», advierte Ana. En cada módulo hay tres funcionarios. Visten uniforme azul y se relacionan con naturalidad -de tú a tú- con los internos. No llevan armas, sólo disponen de defensas de goma guardadas por si surge una refriega.

LAS MUJERES

Sufren una doble condena, la de prisión y la estigmatización social. Se mezclan preciosas chicas rubias de ojos azules, condenadas por narcotráfico, sudamericanas con exóticos peinados y señoras de edad, unas ajadas y otras distinguidas. En Nanclares no hay niños, cuando los ha habido «era una revolución». «Teníamos que salir corriendo a comprar 'dodotis', biberones...», recuerda Pilar, que hace gala de una paciencia infinita ante el insistente reclamo de los internos.

Las penas de las féminas, confinadas en dos módulos, son más cortas. Pueden apuntarse a informática, clase de pintura, que imparten dos voluntarios los martes y jueves, o peluquería, con mucha aceptación. Begoña ha encontrado en los lienzos su «verdadera pasión» y eso que, igual que sus 16 compañeras, no tenía ninguna experiencia. Le gusta porque le «relaja». Condenada a tres años por blanqueo de capitales a raíz de «una deuda», intenta ocupar su mente con actividades y espera «a que llegue la salida». Se siente fuera de lugar, rodeada de gente que «no es como yo». «Nicotinómana», Begoña es una de las pocas presas que no se medica; por eso ayuda en la farmacia. Los que peor lo llevan son sus dos hijos, uno estudia Derecho, y en la asignatura de asuntos penitenciarios, «saca sobresaliente», sonríe.

Durante la clase, una interna con esquizofrenia empieza a gritar en contra de los periodistas. Los educadores y sus propias compañeras consiguen calmarla. A Agatha, que confiesa tener 34 años, le gustan «los lienzos grandes». El cuadro que está pintando se llama 'Luces y sombras'. De larga melena rubia, enormes ojos verdes y cara de muñeca, dice que está en prisión por «romper cosas». Su compañero, «alcohólico», la maltrataba y ella se «desahogaba» contra las «papeleras, contenedores y estatuas» que encontraba a su paso.

Una de las internas, que no quiere decir su nombre, salía el viernes en libertad «con una pulsera». Esta novedosa medida permite a la presa acceder al tercer grado sin tener que regresar a dormir a prisión.

LA CELDA

La celda o 'pajote' como las llaman los presos -mejor no preguntar la razón-, son individuales y pueden disfrutar de televisión. La masificación obliga a que muchas tengan una litera para dos personas. En el modulo cuatro comparten celda María Jesús, transexual, y su marido, Gabriel, con el que se casó recientemente entre rejas. Cada interno personaliza su pequeño espacio de intimidad, donde cabe una camita y una ducha, con cortinas, fotos, calendarios... «La cárcel la hace el interno», señala Mikel, un preso de apoyo, que hace compañía a los que peor lo pasan. «Me veo diferente a lo que hay aquí y cuanto más ocupado esté, mejor».

Los funcionarios hacen recuento tres veces al día, por la mañana, a mediodía y a la noche. Abren cada celda para comprobar si el interno está dentro. El estruendo de los cerrojos representa la banda sonora típica de las escenas de cárcel. ¿Clon-clon, clon-clon...!
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