-«¿Qué te pasa?», le pregunta Pilar a una interna a la que ve llorando.
-«Mi hijo», contesta.
-«¿Te ha dado una mala noticia?, ¿quieres hablar con el psicólogo?», se interesa.
En Nanclares trabajan ocho médicos para atender a 700 personas, una media que supera con creces la de fuera. Hay además una enfermería que concede citas inmediatas -no hay listas de espera- y seis psicólogos. «La atención médica aquí es 25 veces mayor que en la calle», compara el director, Juan Antonio Pérez Zarate. Aún así, la cárcel representa «el final», cuando ya han fracasado todos los intentos de reeducación de una persona. Un tercio de los internos han tenido al menos un intento de suicidio antes de ingresar en prisión.
Pese a la mala imagen que arrastra por este motivo, la cárcel de Nanclares recibe 180 solicitudes de traslado de presos de otros centros penitenciarios españoles, y sólo dos de internos propios que han pedido cambiar a otra. «Quieren venir por la cantidad de salidas terapéuticas que se programan».
¿La prisión reinserta? «A veces creo que no, pero he visto casos en que sí; si se quiere, se puede. Yo sigo confiando en las personas, siempre pienso que van a cambiar y, a veces, me defraudan», confiesa Pilar. «La cárcel es un mal necesario», opina el director, que mantiene relación con antiguos presos que han rehecho su vida.






