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ÁLAVA
Homenaje a las madres
Carlos Uzkiano busca una sala de exposiciones donde mostrar parte de sus seiscientas planchas de todo el mundo, muchas centenarias
24.02.08 -

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Homenaje a las madres
CARLOS, en la habitación-museo de su casa familiar en Delika. /JOSÉ MONTES
Carlos Uzkiano era un niño cuando se quemó el caserío familiar en Delika, la localidad alavesa limítrofe con Vizcaya donde nació va para cincuenta años. El incendio devoró gran parte de los enseres y el protagonista de la historia quiso recuperar «las planchas que tenía ama». «Fue un sentimiento muy fuerte. Me di cuenta de que iban a desaparecer y no volvería a verlas».

Así que decidió actuar. Salvó esos instrumentos domésticos que tan duro han hecho trabajar históricamente a las mujeres y aquel compromiso obró como germen de la pasión que ha desarrollado y piensa proseguir. Una de las habitaciones de la actual casa familiar en Delika es un verdadero museo dedicado a las planchas. Estanterías repletas y una vitrina que contiene los tesoros de la corona.

Carlos se empleó en la labor de acopiar estos instrumentos, antaño de tortura, «más en serio desde hace dieciocho años». Su implicación es tal que cuenta con «621 ó 622», muchas centenarias y representativas de buena parte del planeta. «Cuando me empecé a interesar a fondo descubrí que las había en muchísimos países y que esto es todo un mundo. Y me he preocupado de tenerlas de casi todos los sitios».

Parece mentira que semejante muestrario histórico -las planchas evolucionan al ritmo de los cambios sociales- sólo se haya podido admirar una vez fuera de Delika. Fue en Vitoria, con motivo de las bodas de plata de Ufesa. Ahora Carlos, un hombre que según sus palabras no se sabe vender, quiere expandir a otros ojos una parte cualificada de su colección si alguna sala de exposiciones se presta. Y aduce como motivo el deseo de honrar a a las mujeres que sufrieron la dificultad de adecentar puños o cuellos.

«Mi sueño es hacer un homenaje a las madres que han tenido que sufrir este trabajo», comenta con una plancha de diez kilos que requeriría muñequeras de ortopedia para manejarla. «Recuerdo cómo se le quemaban las manos a mi madre, las ampollas que le salían...». ¿Y qué dice ahora la ama de este museo? «Alucina».

Del rastro a la subasta

Carlos comenzó por el ámbito local y lo ha ido expandiendo para aumentar una muestra sin fin. Empezó «en el rastro de la Plaza de España» y después ha frecuentado ferias de almoneda en la misma Vitoria (Palacio Europa), Barakaldo (BEC), Madrid (al aire libre del circUito del Jarama dos veces al año) y pueblos. Aprovecha sus vacaciones o las de sus amigos para abastecerse, pero también ha recurrido a internet e, incluso, a una subasta.

En este caso fue para conseguir una plancha de sombreros belga de hace dos siglos, que adecenta la base y la copa. Porque a cada prenda le corresponde una. Las hay que alisan mesas de billar, corbatas, sombreros... Pequeñas que se destinan a mangas y puños... Estufas que calientan antes de estampar dibujos florales sobre las telas... Carlos asegura que el 90% de las planchas contenidas en su habitación-museo funcionan.

El ejemplar nacional más antiguo data de 1769, pero tiene finlandesas forjadas del siglo XV. Afirma que Oriente ha llevado «cuatrocientos o quinientos años de ventaja» sobre Occidente en el arte de vestir a los paisanos más bonitos que un San Luis. Sobre la mesa también antigua de la estancia reposa un archivador de cuero con tarjetas que explican el origen y características de cada plancha. Y un libro de visitas, donde firman «algunos locos de esto como yo».

Su museo no sólo enseña estéticos objetos inanimados, también supone un repaso por la historia con los cambios de regímenes y las desigualdades sociales. «En España había planchas para gente rica y para gente pobre». Y Carlos lo demuestra. Dos instrumentos de la misma época: uno tosco, denudo y simplemente funcional; el otro, ornamentado, caprichoso, 'chic' en aquellos tiempos. Es el sino de la humanidad.
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