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ÁLAVA
«Ojalá no fueses mi madre»
María e Iván, su hijo adolescente, acudieron el año pasado al servicio de mediación familiar por sus continuas discusiones

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«Ojalá no fueses mi madre». «Y tú ojalá no hubieses nacido». Iván y María discutían a diario y no dudaban en buscar en el diccionario las expresiones más dolientes sin pensar en su cruel significado.

Por sus bocas llegaron a lanzar los dardos más envenenados con el propósito de herir hasta al corazón más fuerte. La chispa saltaba entre madre e hijo cada vez que se encontraban, una situación que María no pudo soportar más. Decidió, con 40 años, poner fin al problema que degradaba día a día la relación con su hijo de 15 años, y también enrarecía el ambiente familiar. «Castigarle no solucionaba nada. Además, somos cuatro en casa y mi marido y mi hija ya estaban hartos de escucharnos», reconoce María.

Sin saber muy bien a quién acudir, la mujer le confesó su problema a uno de los profesores de su hijo y éste le aconsejó que fuese al servicio de mediación familiar. «Me decidí y fui a buscar información. Cuando las asistentes sociales aceptaron nuestro caso, tuve que convencer a Iván porque era reticente», relata María.

Y es que al joven no le gustaba para nada la idea de contarle sus intimidades a un extraño. «Tenía otra imagen del programa. Sabía que existía un problema entre mi madre y yo. No nos entendíamos, continuamente hacía cosas que me molestaban y siempre acabábamos peleándonos, pero no pensaba que fuese tan grave como para pedir ayuda».

María tampoco lo creía. «Si hubiese sabido como capear el temporal, no hubiera acudido al Ayuntamiento. Mi familia no tenía un problema terrible, al menos eso es lo que yo creo. Iván es un adolescente inteligente, que hace sus tareas escolares y también nos ayuda en casa, pero siempre que le digo algo piensa que le estoy atacando. Aún es inmaduro, se le va la fuerza por la boca y eso le hace decirme cosas de las que después se arrepiente. Yo le sigo la corriente y ya está el lío y las peleas interminables. Sé que cuando madure, cambiará», insiste.

Más llevadero

Entre todos consiguieron convencer a Iván y, por fin, iniciaron la mediación. Durante los tres meses -entre marzo y mayo del año pasado- que duró el proceso, cada semana madre e hijo se imponían el objetivo más difícil de cumplir: no discutir. «Allí no vas a echarte los trapos sucios, al contrario, te marcan una serie de pautas para poder convivir. De modo que día a día, me comprometía a no seguirle la corriente y evitar peleas», recuerda María.

Si cumplían la promesa, en la siguiente sesión el mediador les daba un premio: «Nos contaba una historia con moraleja. Nos decía que todo tiene que ver con nuestro comportamiento y nuestra educación. Que hay que hablar y no perder la comunicación», cuenta Iván.

Un año después de haber asistido al servicio municipal la convivencia es más llevadera en casa. «Hay días mejores y peores, pero ya no discutimos tanto ni tan fuerte», admite el joven.

A María, sin embargo, aún se le hace cuesta arriba contenerse y evitar discutir con su hijo. «Intento no responder a sus acusaciones, pero si te digo la verdad se me va la fuerza por la boca. Nunca te puedes dar por vencida y tirar la toalla. Por eso mismo creo que este servicio es muy recomendable. Muchos deberían utilizarlo porque es una ayuda. Hacen de psicólogos y te escuchan. Educar a los hijos es la asignatura más difícil de la vida. Cuando nacen, deberían traer instrucciones».
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