
Virginia Díaz nunca había aspirado a ser como María Teresa Fernández de la Vega, José María Vizcaíno o Leopoldo Calvo Sotelo, todos ellos primeros de curso en sus carreras. «En realidad no lo buscaba. Ni siquiera sabía que daban un premio. En mi caso un reloj», destaca.
Desde pequeña, lo suyo fueron los números. Sus compañeros del colegio Miguel Unamuno le vacilaban por sus brillantes sobresalientes en matemáticas, pero en las otras asignaturas, las de letras, tenía que hincar los codos como los demás. Virginia, muy apegada a su familia y a su cuadrilla de amigas de toda la vida, prefirió estudiar tres años de Empresariales y engancharse al segundo ciclo de Administración y Dirección de Empresas antes que ir a Bilbao, lejos de casa y tener que levantarse a las 5 de la mañana. «Estudiaré 5 años en vez de 4, pero son dos carreras y estoy en casa». Puro pragmatismo.
Estar en casa le ha permitido simultanear estudios con varios trabajos. «He estado en un videoclub, he hecho prácticas en la Caja Rural y ahora trato de llevar las cuentas y aplicar lo que he aprendido en la empresa de mi hermano que vende conductos de aire. Yo me lo pago todo», cuenta.
Nunca ha necesitado aularios o salas de estudio para concentrarse y preparar los exámenes.«Necesito estar sola en mi habitación. Si tengo exámenes, los dos meses anteriores no salgo», relata Virginia que se muestra, además de muy disciplinada, como una chica normal a la que le gusta el TAU, aunque no practica baloncesto, y Fernando Alonso.
A esta 'número uno' le gustaría hacer un máster cuando acabe la segunda carrera «pero cuestan muy caros». Virginia se queja de que no hay ayudas, «Todavía no he ido a buscar un trabajo con el premio bajo el brazo, pero espero que sirva para algo más que para lucirlo en el título», concluye.
Begoña Seco es de Colmenares de Ojeda, un pequeño pueblo de Palencia, pero desde los 3 años vive en Vitoria, primero en Zaramaga y luego en el Casco Viejo. A su edad se ha dado una nueva oportunidad y ha ofrecido su primera lección a todo el mundo. La edad no es una dificultad para brillar entre los estudiantes.
«No fui buena alumna»
Después de trabajar muchos años como administrativa y tras quedarse sin empleo con el cierre de la sala Amárica decidió volver a las aulas. Cobraba el paro y llegó a tener alguna beca. «Tengo pareja, pero no hijos y por lo tanto me he podido dedicar a lo que me gustaba y he colaborado con varias ONG», cuenta esta inquieta mujer que asegura «haber rejuvenecido, rodeada de estudiantes de 20 años. No fui buena alumna en el bachiller. Incluso llegué a repetir algún curso, pero la motivación que tengo es distinta. Me gusta aprender, hacer trabajos, leer. Todo es fácil cuando tienes ese aliciente, aunque hay mucha renuncia y muchas horas delante de los libros sin salir a la calle ni los domingos. Mis compañeros tienen una memoria fresca, pero yo tengo más recursos, mejor comprensión de la lectura, relacionas las cosas», explica.
Sus buenas notas le han permitido, por ejemplo, hacer prácticas durante 3 meses en la Selva Amazónica con una tribu indígena. «Una experiencia inolvidable», comenta.
Cree que a la gente le impresiona que alguien consiga un expediente como el suyo, «especialmente a mi madre», dice con ternura filial pero no tiene muy claro si creará un empresa propia. «Lo que haga estará ligado a Trabajo Social».
De todos lados
Uno de las mayores riquezas que ha proporcionado a Vitoria el asentamiento del campus es la llegada de alumnos de todas partes. Ana Jimeno Eguinoa es pamplonesa, y admite que ha disfrutado del «buen ambiente de la ciudad, parecido a Pamplona, pero mejor».
Hace unos días que se ha enterado de que su expediente académico era el mejor del último curso en el antiguo IVEF de Vitoria. Pero tuvo que salir de la capital alavesa porque su meta es preparar oposiciones. La primera etapa ha sido obtener la diplomatura de Magisterio. En teoría son 3 años de estudios, pero quiere hacerlo en uno, así que se ha matriculado en 22 asignaturas.
«Lamento no poder ir a todas las clases y que me tengan que dejar apuntes porque me gusta estudiar con los míos no al final, sino todos los días». Debe ser muy disciplinada porque de los últimos 9 exámenes en 3 ha obtenido matrículas de honor. Deportista desde niña, jugadora de baloncesto, para ella el talento es una mezca de trabajo, búsqueda del perfeccionismo y concentración.
Se queja de que tener una carrera lustrosa todavía no le ha servido de gran cosa. «Mis padres han tenido que costearla, aunque he gozado de una beca Séneca que me llevó a Granada durante un año. Pero se premian más los cursos que las notas».
¿Talento o esfuerzo?
Los estudiantes vienen de Vitoria y si tienen que hacer otras carreras no dudan en marcharse. Es la movilidad. Itsasne Álvarez es vizcaína de Sestao. Estudió en una ikastola de Portugalete y vino a Vitoria a estudiar la diplomatura de Magisterio de Educación Física. Esta campeona juvenil de natación con muchas medallas en distancias largas aplica su dura disciplina a los estudios y no le ha ido mal. «No creo que tenga talento natural. Todo es cuestión de esfuerzo y dedicación y muchas horas de estudio», cuenta esta chica que también ha conocido la decepción de no poderse matricular en la licenciatura del antiguo IVEF «porque una lesión no me permitió sacar las pruebas físicas». Después lo ha visto claro: una diplomatura de Fisioterapia. «El problema es que me he tenido que venir a Tudela a estudiar. Pero estoy contenta».
Itsasne se ha ganado la vida como socorrista en verano, aunque «el coste de mi carrera ha caíado sobre mis padres. Siempre me han apoyado hasta el final», comenta. Sus espléndidas notas no le han servido de mucho. «Sólo había una plaza para entrar por la vía de otras carreras y de becas no hablemos. No me han llegado muchas y cuando lo han hecho me han puesto muchas pegas».





