En las pequeñas tiendas convives con tus vecinos y dialogas con las tenderas, que te aconsejan y te orientan. Una de las mejores y más sencillas recetas que tengo para poner lubina cocida se la debo a una pescadora (que no pescatera, como se dice habitual y erróneamente).
En cambio, en el supermercado todo es impersonal y mecánico. Allí me da la impresión de que no soy un cliente, sino una pieza del engranaje comercial, una especie de robot que empuja un carrito por los pasillos mientras va cogiendo cosas de las estanterías.
Afortunadamente, yo no me limito sólo a comprar, y mientras hago la compra también observo. Sobre todo, me fijo en el mostrador de salida, donde, a veces, puedo disfrutar del único pasatiempo que me ofrece el supermercado: ver cómo algunas señoras realizan la contabilidad monetaria.
Hace unos días pude ver de cerca a una de esas señoras que recogen todas las monedas y moneditas de curso legal, y que, a la hora de pagar la parte fraccionaria de su cuenta, realizó las siguientes operaciones. A) Buscar el monedero en un bolso lleno de cosas, donde consiguió encontrarlo después de laboriosas prospecciones. B) Volcar el contenido del monedero sobre el mostrador. C) Separar una por una las monedas necesarias (incluidas varias de un céntimo) hasta completar la cuenta. C) Recoger las moneditas sobrantes una por una para irlas metiendo en el monedero. D) Devolver el monedero al bolso de mano. Aquí pongo un punto y aparte para que respire mi amigo Gonzalo, que padece disnea.
La operación se completó, lógicamente, con otra similar de la cajera, que tuvo que ir recogiendo las monedas y moneditas una por una, contarlas e irlas depositando separadamente cada una en su cajoncito de la caja. Como no tenía ninguna prisa, puedo asegurarles que disfruté con el espectáculo.










