
'Ça va mal finir' ('Esto va a terminar mal') es el título del librito nostálgico que acaba de poner a la venta el ex ministro de Defensa François Leotard, un dirigente centrista que arrojó la toalla de la política mediada la década pasada harto de las rencillas y las corruptelas, que a él también le salpicaron. Él pensaba haberlo titulado 'He votado por Sarkozy y no me siento muy bien' pero prefirió la profecía catastrofista, tal vez presa del síndrome del 'pobre gilipollas'. Con este insulto ya celebérrimo descalifica a la ciudadanía que le ha retirado el saludo al mandatario que fue elegido en mayo por el 53% de los votos con una participación del 85% del electorado.
El tránsito de la primavera prometedora al invierno de las ilusiones perdidas tiene nombre propio. Más que de un desgaste de poder, del rechazo de una política o del precio de las reformas, es una cuestión personal. El vertiginoso desplome de la confianza popular afecta a Sarkozy y sólo a Sarkozy. El primer ministro, François Fillon, es la otra cara de la moneda, la prueba por activa de que la gestión gubernamental no está en tela de juicio a pesar de la carestía de la vida y la pérdida de poder adquisitivo.
El jefe del Gabinete, a quien el jefe del Estado relegaba al papel secundario de colaborador, se granjea un 55% de opiniones positivas en las mismas encuestas que retratan la historia de desamor con el marido de Carla Bruni. Las curvas de Fillon y Sarkozy se han cruzado en los paneles de popularidad con una diferencia histórica de veintidós puntos a favor del personaje flemático y equilibrado que encarna la actitud discreta y tranquilizadora que la opinión pública echa de menos en su presidente.
Fillon juzga absurdo ese margen tan alto, inédito entre gobernantes del mismo color político al frente del Ejecutivo. «Nicolas Sarkozy tiene su carácter, su dinamismo y hace mucho. Es normal que atraiga un cierto número de críticas y de descontentos», reconoce el primer ministro. «La época en la que el presidente se protegía, no tomaba decisiones o, en todo caso, fingía no tomarlas y dejaba al Gobierno encajar golpes para, una vez llegado el caso, desaprobarlas, era un mal sistema de gobernar», analiza el hombre que ha dejado de ser fusible de un 'hiperpresidente' en primera línea de fuego por acometer en persona todas las reformas a la vez.
Plan para las municipales
Sarkozy prefiere ver en el contra-ejemplo de su subordinado una solución más que un problema. «Eso prueba que la política que se pone en práctica es la buena y que el descuelgue se debe a acontecimientos aparecidos en mi vida privada y que he debido gestionar», ha argumentado esta semana en una alusión transparente a la meteórica secuencia divorcio-idilio-boda demostrativa de que su corazón también late deprisa.
En plena campaña electoral para las municipales de los dos próximos domingos, el trueque de papeles erige a Fillon en verdadero jefe de la mayoría conservadora que multiplica las visitas a unos candidatos de la UMP gobernante que, a la vez, eliminan toda referencia a Sarkozy en sus carteles y mítines. En contra de las pretensiones del Elíseo a una politización de la consulta, la estrategia rectificada del centro-derecha pasa por enfatizar los problemas locales y desvincularlos de la gestión presidencial. Es la apuesta esperanzadora para salvar los muebles en Burdeos, Marsella, Estrasburgo y Toulouse, grandes ciudades que la izquierda sueña con incorporar a un saco en el que ya atesora París, Lyón y Lille.







