'CONSPIRANOICOS'

LA CITA
REFLEXIONES
Sentirse objeto de una conjura urdida por los grandes poderes o por las gentes que nos rodean, creer que todos se han puesto de acuerdo para procurarnos la ruina, hallar por doquier pruebas de la infidelidad de nuestra pareja o tener la certeza de que los profesores la han tomado con nosotros para impedir que acabemos la carrera: las manifestaciones del pensamiento paranoide son diversas, pero en todas hay obsesión, rigidez de ideas, desconfianza, egolatría y narcisismo. La lógica, esa herramienta tan útil para interpretar el porqué de las cosas entre gente normal, no existe para el paranoico; mejor dicho, él se crea una lógica propia donde todo es coherente.
'Ilusión de inteligencia'
Sean cuales sean el nivel y los grados en que se manifiestan, las ideaciones paranoicas prosperan porque crean algo así como una 'ilusión de inteligencia'. El que no cree en las profecías de guerra nuclear o en el protocolo de los Sabios de Sión es tonto, ingenuo, fácil de engañar. El avispado, el listo, por contrario, se hace cargo de esa complejidad de capas sucesivas y ocultas que tan bien relatan muchos 'best-sellers' de moda. Es más prestigioso atribuir las causas de un hecho a un Gran Hermano que nos vigila o a una sociedad secreta que manipula nuestras vidas que considerar ese hecho fruto del azar o de circunstancias concretas e inmediatas, so pena de ser tachado de ingenuo. En épocas tendentes al catastrofismo, como es la nuestra, el 'piensa mal y acertarás' resulta un magnífico aliado de las fantasías 'conspiranoicas'. El mundo se presenta a nuestros ojos cada vez más complejo. No es fácil encontrar explicaciones sólidas y bien articuladas para todo cuanto acontece. ¿Qué más tentador y al mismo tiempo más respetable que las teorías basadas en formidables tramas, unas teorías sin fisuras, donde todo cuadra como un perfecto sistema de relaciones, causas y consecuencias?
La paranoia no se alimenta sólo de una predisposición psíquica o mental de determinados individuos. Para que prenda tan fácilmente como lo hace en tantos sujetos (piénsese en las asombrosas cifras de ventas de ciertos 'best-sellers' o la elevada audiencia de ciertos programas televisivos de pseudociencia), es precisa la concurrencia de otros factores externos. En sus conocidos principios de la propaganda, Goebbels ya formuló algunos que sirven a este propósito. Uno de ellos es el de la simplificación o 'enemigo único'. Una sola causa, un solo eje de explicación, una única fuerza motriz del mundo. Culpar de todos los males a esa fuerza diabólica evita el trabajo del análisis. Si a ello le añadimos el principio de la exageración y la desfiguración (convertir en trascendental cualquier detalle, cualquier anécdota por insignificante que ésta sea) o el de la orquestación («si repetimos insistentemente una mentira, acabará convirtiéndose en verdad»), las probabilidades de que triunfe una teoría de la maquinación son casi totales.
Como recordaba Luis Alfonso Gámez en una lúcida revisión de las grandes 'conspiraciones' del siglo XX, para los defensores de estas teorías «el mundo está dividido en tres clases de personas: las que manejan los hilos, la masa ignorante y los valientes que lo revelan todo». Con tal de pertenecer al último grupo hay gente dispuesta a sostener y propagar sin base alguna cualquier patraña: desde el asesinato de Diana de Gales hasta la falsedad de la llegada del hombre a la Luna, desde la intervención de la CIA en los atentados de 11-S hasta la propagación del sida por efecto de una operación perfectamente planificada. Lo que cuenta por encima de todo en una teoría conspirativa no es su verosimilitud (tal vez al contrario: cuanto más inverosímil sea, mayor valor adquiere), sino su capacidad de fascinar, de seducir, de hacer creer a sus adheridos que son osados e inteligentes. Si de esa manera dispensa de la autocrítica, permite confundir los deseos con las realidades y confirma nuestros prejuicios, miel sobre hojuelas.
Al fin y a la postre, la paranoia se nutre de ciertos trastornos mentales, pero también de pequeños defectos cotidianos: la pereza mental, la vanidad, el afán de notoriedad, el victimismo, la sinrazón. Para algunas personas, el mal no es una presencia ocasional, sino una fuerza estructural superior -el Mal con mayúscula- a cuyos designios obedece todo: el curso de los acontecimientos, la conducta de las gentes. Como le ocurre al Fletcher de 'Conspiración', entre el «todos la han tomado conmigo» y «me ha mirado un tuerto», siempre habrá una explicación acorde con esa forma de pensar.







