
EN EL PUNTO DE MIRA
Recambios Mosa, en Ledesma; Autorrepuestos, de la familia Reizabal, en La Paz; Araic, de los Delclaux, y Etxebarria Hnos., en Alameda Rekalde; Recambios Bilbao, en Alameda San Mamés; Recambios Ibéricos en Urkijo y en Euskalduna; Talleres Jentoft, en Simón Bolívar... La lista es larga. Sólo en los últimos veinte años, medio centenar de negocios -en su mayoría familiares- han bajado la persiana en el centro urbano.
Jesús Hermosilla, presidente de la Federación Vizcaína de Empresas de Automoción (FEVA), lo tiene claro: «la tecnología, la duración de los vehículos y las políticas comerciales» han propiciado un cambio «terrible» de escenario, del que Hermosilla culpa fundamentalmente a los concesionarios. «Han hecho una criba tremenda en los últimos seis años en el sector libre, un sector que por otra parte siempre ha estado muy atomizado. Antes, las marcas ganaban dinero con la venta de vehículos; pero ahora han decidido hacerlo también con la posventa. Y ahí -denuncia Hermosilla- es donde han incurrido en competencia desleal, 'amenazando' a los automovilistas con arriesgar la garantía del coche si no acudían a ellos para hacer los mantenimientos; una práctica engañosa, ya que por ley el usuario que lleva su vehículo a un taller libre mantiene todos sus derechos».
Abocados al cierre
El argumento de los concesionarios es de sobra conocido. La automoción ha evolucionado tanto en los últimos años y ha cobrado tanta importancia la electrónica, que las marcas han levantado a su alrededor un muro difícil de franquear para la competencia, con máquinas de diagnosis propias y la cada vez mayor especialización de sus técnicos. Con este panorama, los establecimientos del sector libre que sobreviven son multimarca, y aunque la capacitación de sus profesionales esté al mismo nivel que sus rivales, hay reparaciones como las referidas a inmovilizadores y sistemas anti-robo donde la técnica todavía marca diferencias.
El presidente de FEVA -que aglutina a talleres, recambios y garajes- es consciente, sin embargo, de que hay cambios que no se pueden detener. Ni se debe. «Hay una normativa que cumplir, sobre todo referida a ruidos y olores... Es evidente que no es lo mismo abrir un taller ahora que hacerlo hace quince años». Paco Román y Roel García, mecánicos que han acabado por echar la persiana, van sin embargo más allá. «Antes había talleres de cien metros cuadrados a punta pala. Pero ahora con eso no basta. Tienen que incorporar dobles baños, servicios para discapacitados, salas de espera... La normativa, tal y como está redactada, es imposible de cumplir. Si mañana a un político le da por aplicarla al cien por cien, cierran todos», relata Román.
La selección natural ha creado un microcosmos que mezcla el costumbrismo con la necesidad imperiosa de «estar al día». Aunque muchos concesionarios y talleres agentes se nutren de jóvenes que entraron como aprendices en estos negocios, lo cierto es que el sector libre envejece. Hermosilla admite que «cada vez hay más gente de entre 50 y 60 años, que ya no tiene afán ni capacidad de cambiar». También la filosofía es distinta: aquí abundan los negocios familiares, de esos en los que el marido arregla bujías, mientras el hijo baja al foso para cambiar el aceite y la madre o la nuera se hacen cargo de la contabilidad.
Así las cosas, el panorama para el sector no es muy alentador. «Hay una transformación de lonja comercial a pabellón industrial en el extrarradio», explica Hermosilla. La normativa municipal aprieta las tuercas y la feroz competencia hace el resto. Es el caso del antiguo Talleres Henao, donde se han dado todas las condiciones para propiciar el cierre: edad del titular, mala situación con la comunidad «y, sobre todo, -apostilla el presidente de FEVA- el cerco de las marcas, que antes se dedicaban sólo a la venta de coches y ahora han asumido también los servicios de posventa, reduciendo así su red de talleres agentes y ahogando al pequeño empresario».
Carroceros y garajes
Los talleres al uso van desapareciendo del paisaje urbano, sustituidos por concesionarios, servicios oficiales, neumatiqueros y servicios rápidos... «Vamos, lo que no plantea problemas y da dinero», sentencia Roel. Así, calles como García Rivero, Henao o Pozas ven desaparecer talleres uno detrás de otro; mientras que Miribilla, el último ensanche de Bilbao, no dispone de ninguno. Es la lógica del mercado, también del inmobiliario. Hermosilla argumenta que «hoy en día es casi imposible mantener un taller con la rentabilidad que demanda el metro cuadrado en el centro de Bilbao. Eso por no hablar del aparcamiento a ambos lados y las calles peatonales».
Es una guerra imposible de ganar a medio o largo plazo, pero donde también hay categorías: los carroceros marchan en primera línea -los talleres de chapa y pintura son los que generan más quejas entre las comunidades de vecinos- y corren el riesgo de causar baja los primeros. Tampoco los garajes, donde antes se dejaba el coche y hacían pequeños mantenimientos como revisiones de aceite o pérdidas de presión, escapan a la regla: Autolux, en Concha, miles de metros cuadrados cerrados a cal y canto; el cierre traumático del RAG, frente a la Alhóndiga; o San Mamés, un bajo descomunal con salida a los Multicines y a Sabino Arana, donde ahora se amontonan elevadores viejos y compresores. Una golosina para cualquier promotor inmobiliario.
El futuro pasa por salir al extrarradio. En pocos años, el cierre de talleres en el casco urbano de Bilbao ha corrido paralelo a un florecimiento del sector en polígonos de Gernika -con una veintena de talleres-, Lekeitio u Orduña. Un crecimiento que también se han dejado notar en poblaciones del entorno como Artzeniega y Castro Urdiales. La mecánica del negocio exige un cambio de aires.









