Entre las enormes estatuas que nos han colocado en Ercilla, las hay que me agradan, las hay que ni fu ni fa y las hay que me parecen sencillamente despropósitos. Me gusta, por ejemplo, la interpretación de 'Las Meninas'. Constituyen, a mi modo de ver, una versión elegante, sugerente y original.
En cambio, la interpretación de 'La Dama de Elche' da la impresión de que a la pobre le han metido en la cabeza las dos ruedas de un carro gigantesco. Estos artistas creen que haciendo las cosas muy grandes se soluciona todo. A lo mejor es verdad y resulta que soy yo el equivocado, pero como se trata de exponer mi opinión, la expongo y santas pascuas.
Las otras cabezas de señoritas no dejan de ser una visión esquemática y no exenta de originalidad, pero el autor se conoce que considera que una cabeza pelada no sugiere nada y para solucionarlo les ha colocado unos aditamentos capilares y auriculares que, en mi humilde opinión, resultan más bien absurdos e incluso tirando a grotescos.
A una de ellas le ha puesto de sombrero un desmadejado ovillo de alambres que le sienta como un emplasto y la otra, a modo de presunto adorno, lleva un manojo de tubos, probablemente cogidos en la escombrera de una fábrica de ventanas y que encajan en una cabeza como un toro en un palomar.
Y como en la variedad está el gusto, en los bustos que están junto al edificio de Hacienda se han cambiado los adornos y su ubicación. En vez de alambres o tubos, se usan cajones y en lugar de plantárselos sobre la cabeza se los ha colocado en las orejas, que lucen a modo de auriculares unos enormes paralelepípedos. Claro que peor está 'La dama de Elche', que en vez de cajones tiene en cada oreja una ruedas de carro. Como dice la frase popular, para bien o para mal, a todo hay quien gane.









