
-Casi un octogenario y tiene un aspecto estupendo. Anímese y desvele cuál es su secreto.
-Dormir como mínimo ocho horas al día. Los viernes me quedo viendo los partidos de pelota hasta la una, pero me levanto a las doce. Prefiero quitarle a la mesa y no a la cama. A partir de los 45 años sin 'tripadas' y a la rutina diaria, además de no fumar y beber alcohol. La verdad es que me mantengo bien. Mido 1,73 metros y peso 73 kilos.
-El estallido de la Guerra Civil le pilló siendo un niño, ¿cómo lo vivió?
-El 30 de mayo de 1937, con nueve años, me embarcaron en el 'Habana' junto a cientos de niños rumbo a Bélgica. Nos metieron en un edificio de unas monjas con cuatro curas vascos, que nos enseñaron a bailar el 'ezpatadantza' e íbamos todos los días a misa. Tengo un buen recuerdo de aquella experiencia. Dos años después regresé y me quedé huérfano de padre en 1941. Mi madre Lucía Arteaga se hizo cargo del negocio.
-¿Recuerda en qué momento se incorporó al duro trabajo de la cantera?
-Cuando tenía 15 años, dos años después de la muerte de mi padre, que en 1927 compró la cantera por 3.000 pesetas en una subasta.
-¿Cómo definiría los 65 años que ha dedicado en cuerpo y alma a las dos explotaciones de Mañaria que dirige en la actualidad?
-En la cantera me he vuelto un masoquista. Hasta los días más duros me han gustado. Las condiciones de trabajo han cambiado muchísimo, antes se cargaba con vagoneta a mano. La primera pala cargadora de Vizcaya la compré yo. La verdad es que ha cambiado mucho, no hay más que ver las fotografías antiguas.
-Escuchándole, es evidente que siente una especial debilidad por la maquinaria y los camiones.
-Me ha gustado más la maquinaria que estudiar. Cuando era pequeño, con unos siete años, me metí en un camión y conseguí arrancarlo. Aunque logré saltar, la puerta se dio un golpe contra la pared. Mi madre me dio una paliza... Fue un 27 de julio de 1935, lo tengo grabado. Me acuerdo también de lo que pagamos por un camión 'Diamond' nuevo, 19.500 de las antiguas pesetas y por un Chevrolet de segunda mano, que costó 3.000 pesetas.
«Salud de hierro»
-Como en todo negocio habrá vivido épocas mejores y peores. ¿Qué recuerdos almacena en su memoria?
-No se me olvida el día en que, a finales de los años cuarenta, no salió ningún camión de la cantera. Más recientemente, allá por 1987, me propuse comprar un machacador gigante, que costaba 110 millones de pesetas y con toda la obra se elevó a 200 millones. Me tacharon de loco y un montón de cosas más, pero yo les respondía a todos que se dieran una vuelta por Europa y comprobaran la cantidad de carreteras que necesitamos. Y así ha sido.
-¿Es tan duro como el hormigón que fabrican en su planta?
-He tenido una salud de hierro, que es lo importante. Pero también he trabajado muy duro. Comparando los inicios y cómo se trabajaba ahora, esto es jauja.
-Le ayuda a encajar las críticas referentes a la destrucción del medio ambiente.
-No me importan. Creo que esta actividad es necesaria para la ciudadanía. Si no lo haríamos nosotros, lo harían otros. Me preocupa más que no haya accidentes en la cantera.
-Después de tantos años entre piedras, ¿cómo se siente lejos de ellas?
-Nadie me echa de aquí. Aunque vivo en Durango, yo de aquí no salgo. Cuando me llevan de vacaciones con las hijas y los seis nietos, mi cabeza está en Mañaria. Suelo estar contando los días que me quedan para regresar.
-El martes será agasajado por ASECABI, pero no hace mucho también fue homenajeado por su apoyo al mundo de la pelota. ¿Es una de sus grandes aficiones?
-Es el deporte que más me gusta. Llevamos 24 años apoyando la pelota en el Duranguesado.
-Si tuviera que apostar por un pelotari...
-Como pelotari por Asier Olaizola, pero como persona me encanta Abel Barriola, es como se suele decir en euskera un 'gizon ona'.
-Como buen canterano y aunque no sea de Bilbao, será un incondicional del Athletic, ¿no?
-Ni lo pongas en duda. Sufro mucho, pero de bajar, ¿ni pensar!




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