
Pero a mediados de febrero de 2005, en el viaje de regreso a Bilbao desde Sao Paulo -tuvo que volar con las aerolíneas TAP, Air Portugal e Iberia, porque hizo escala en Lisboa y Madrid- le impidieron subir su maleta al avión y le obligaron a facturarla. No le hizo gracia, pero no tenía opción y, además, las medidas que había tomado para preservar sus instrumentos de trabajo le parecieron que protegerían su material. De hecho, lo llevaba todo en una maleta de madera, especialmente diseñada para evitar desperfectos, ya que su interior está forrado de gomaespuma. «Y son caras, ¿eh? -explica-. Además, para mayor seguridad, llevaba unas pegatinas de 'Frágil'», detalla Benito.
Ninguna de estas precauciones sirvió de nada. Cuando se reencontró con su maleta en Loiu, se le cayó el alma a los pies. «Estaba destrozada, ya me imaginé cómo me iba a encontrar lo de dentro ¿buf!», recuerda el pinchadiscos con un estremecimiento. «Y no me equivoqué, cuando me acerqué al mostrador de reclamaciones para preguntar qué había pasado, se me desparramó la maleta allí, en medio del aeropuerto», señala.
«Por amor propio»
Entonces, se sumergió en un laberinto de reclamaciones y, finalmente, después de «muchas vueltas», puso el asunto en manos de un abogado y llevó a Iberia a los tribunales. Hace ahora un año, el juez falló parcialmente a su favor y condenó a la compañía a pagarle 800 euros. «¿Qué arreglo yo con eso? Tuve que comprar otro equipo y una nueva tarjeta de sonido ¿Me gasté casi un kilo en reponerlo todo! Eso por no contar con que ese verano perdí un montón de trabajos que tenía apalabrados en Ibiza», sostiene.
Así que su letrado ha recurrido la sentencia. «Ya es una cuestión de amor propio, no pueden liártela así y lavarse las manos», proclama David, que el mes que viene irá a 'pinchar' a Rumanía. «Como no quiero separarme de mis cosas ni pa' Dios y me van obligar a facturar, igual alquilo allí un equipo -apunta-. No es lo mismo, pero con la experiencia que he tenido, me va a costar volver a facturar».









