Se fueron ganando ciertas libertades y hasta las embarazadas exhiben barriga con orgullo. Pero aún nos falta la decisiva batalla: soltar la faja mental.
A ningún varón en su sano juicio socialmente correcto se le ocurre aplaudir a los asesinos de mujeres. Pero cada día colean más muertes. A ninguna mujer, medianamente sensata, se le ocurre, como antes, devolver a su hija al marido maltratador y rezar para que no suceda lo peor. Sin embargo, mantenemos ciertas perversas costumbres, falsamente morales, que nos someten, sibilinamente, al mismo mandato. Es como si nos hubiéramos vestido galas nuevas, modernas, sedosas, volátiles, y se nos hubiera olvidado la faja. Deseamos y luchamos por la igualdad de trato laboral, por la equidad doméstica, por devolver la ternura a los padres Sin embargo, mantenemos el discurso de pelearnos entre nosotras para ganar los favores del varón; entregamos el voto a quienes defendieron nuestra castración; insultamos a esas otras que pueden hacer peligrar nuestro parco equilibrio de vida en pareja aunque sólo sea con su peligroso ejemplo de libertad. Y, lo que es peor, transmitimos a nuestras hijas, casi sin darnos cuenta, que, en definitiva, todo es como siempre y la más lista se lleva al varón al altar y a la hipoteca y que, para semejante logro, es menester ver al resto de las mujeres como enemigas.
Decía Leonardo Sciascia que el peor enemigo de una mujer es otra mujer. Cierto, ellos nos matan, pero nosotras los seguimos situando en un altar cruel que requiere, para darle gusto, el sacrificio de otras hembras. Bien por nuestros insultos, bien por nuestra falta de respeto. La faja sigue manteniendo a raya no a nuestro trasero, sino a nuestro cerebro. Mientras esta certeza se mantenga en los cimientos de nuestra cultura siempre habrá alguno que se crea, incluso, con derecho a matarnos.






