
No es momento de especulaciones. Pero ETA ha elegido, para asesinar, una de las circunstancias en las que el sistema democrático expone su máxima vulnerabilidad. El período electoral es, sin duda, el momento en el que la democracia muestra su mayor fortaleza, dejando sin poder a los representantes políticos y dándoselo todo a los electores para que emitan su veredicto inapelable. Pero, al mismo tiempo, es el momento en que la división de los políticos se deja notar con mayor intensidad que nunca, toda vez que la confrontación de ideas y proyectos desplaza por completo el diálogo y el acuerdo. Esto es más verdadero aún en unas elecciones como las presentes, que tienen lugar como prolongación de una legislatura que ha estado dominada por el enfrentamiento total, sobre todo entre los dos grandes partidos del país, precisamente por culpa del terrorismo.
Esta circunstancia hace más necesario que nunca recordar a nuestros representantes políticos que el asesinato marca una línea divisoria infranqueable, no entre las diversas ideas y proyectos, sino entre democracia y totalitarismo. No hay lugar neutro entre ambos. Por eso mismo, sería inconcebible que la tentación de culpabilizar al otro o de obtener beneficios particulares de lo ocurrido se sobrepusiera a la unidad que debería ser hoy más real y más visible que nunca. No sería de recibo que se repitiera ahora, con cuatro años de retraso, el mismo espectáculo de división y confrontación que los políticos nos hicieron vivir en los últimos días de las pasadas elecciones generales. La experiencia les habrá enseñado que un traspiés en este asunto, por mínimo que sea, tiene desastrosos efectos incluso electorales.
Tras el asesinato de ayer, resulta imposible no volver la mirada sobre ese mundo que llamamos izquierda abertzale. No me refiero a lo que queda de su representación política, de la que apenas cabe ya nada que esperar, sino a ese electorado en el que aún podría anidar un mínimo de cordura o, al menos, de humanidad. Ya fue engañado las pasadas elecciones municipales, cuando los mismos autores del asesinato de ayer le solicitaron su voto, diciéndole que era en favor del «proceso» que ellos mismos romperían oficialmente una semana más tarde. Ahora debería saber ese electorado que «el boicot» con que le prometían acompañar su abstención no era otra cosa que el cruel asesinato de un indefenso ex concejal de un pueblo de nuestro país. Dejarse engañar una vez más, obedeciendo sus consignas de abstención, denotaría algo más que ingenuidad. Sería, simple y llanamente, complicidad con los asesinos. Mañana tendrá ese electorado la gran ocasión de enviarles a sus líderes un mensaje esclarecedor sobre su postura ante los crímenes.
El asesinato es, como decía, la línea que marca la división entre la democracia y el totalitarismo. La masiva participación del electorado vasco será la mejor demostración de en cuál de los dos lados de la línea se sitúa la inmensa mayoría de nuestra sociedad. Sólo así podrán ver los asesinos de ETA y quienes los apoyan lo solos y aislados que se han quedado.







