Los sensores son móviles, así que los técnicos pueden trasladarlos de un lado a otro. Los dispositivos están colocados de tal manera que abarcan todo el mapa urbano, por todos los barrios, de una punta a otra. Se instalan debajo de las arquetas de suministro, donde están las llaves del agua, y registran el funcionamiento de las tuberías las 24 horas.
De noche
Los operarios conocen esos datos de una forma muy sencilla. Cuentan con un aparato similar a un teléfono móvil conectado con los sensores. Se montan en un coche con él y pasan por las calles en las que están colocados los 'chivatos', que transmiten al celular sus resultados.
Después, los técnicos trasladan esos registros a un ordenador. ¿Cómo saben si existe una fuga? En ocasiones, por pura lógica. Daniel Estévez, gerente de Esconsu y experto en redes de abastecimiento, pone un ejemplo gráfico. Los datos más representativos son los que revelan el trasiego de las canalizaciones de agua entre las 3 y las 5 de la mañana. En teoría la ciudad duerme a esas horas, así que los consumos son mínimos. «Se ven las fugas al instante. Pero hay que tener cuidado y analizar todas las variables. No es lo mismo pasar por el centro que por Aguirrelanda. Quizá en la segunda calle los bomberos estén llenando un camión y no haya nada raro», advierte.
Si existe una incidencia, los técnicos vuelven con un aparato llamado correlador, un sensor acústico similar a un detector de minas, que pasan sobre la acera. Si en realidad hay una fuga, los operarios la localizan. Después abren la calle y reparan el fallo antes de que el problema alcance cotas mayores.





