DECLARACIÓN ÍNTEGRA DE SANDRA CARRASCO
Tras una agónica noche en vela, ella pidió ser la voz que se oyese contra los asesinos. Hubo tiempo en la madrugada para pensar, para darle vueltas al horror y a los mejores recuerdos mientras desprendía de sus manos la sangre de su padre, la que pocas horas antes se le escapaba a borbotones entre los dedos tratando de contener la muerte. Las palabras más pesadas -«cobardes, hijos de puta»- nacieron en ese duermevela de luto apresurado y viscoso. Pero si algo quiso decir Sandra ayer bajo el sirimiri de Mondragón es que quería a su padre. A Isaías Carrasco. «¿Y que lo quiero!», gritó Sandra mirando al cielo entre un tumulto de cámaras y periodistas con la piel de gallina, moviéndose incómodos entre la gallardía y el dolor. Fue al final de su alocución, una última frase insoslayable, de justicia. «Y que lo quiero».
El pelo liso alborotado en los hombros, la frente marcada por una raya casi indígena, la palabra solemne y directa, los ojos brillantes. Sandra. El pañuelo de luto anudado al cuello. «Y que lo quiero». Al socialista, dijo, al «hombre valiente que siempre ha dado la cara». Repitió «cobardes», «cobardes han sido, que no tienen cojones». Hay palabras símbolo, palabras totémicas en esta tierra quemada que adquieren todo su simbolismo en boca de una mujer. «Y que estoy muy orgullosa de mi padre y sólo puedo decir que han sido unos hijos de puta». La frase restalló en mitad de la plaza barroca de Mondragón, plaza de silencios y sobreentendidos. Al lado, Manuel Chaves, un hombre del Sur, ¿quién si no?
Ainara y Adei
Ayer muchos vecinos, por primera vez, cruzaron el umbral del valor y se acercaron a consolar a quienes más lo necesitaban. Por eso Sandra agradeció, «de corazón», el apoyo de Arrasate, «de esos ciudadanos anónimos -dijo- que se han acercado a mí y a mi familia para darnos cariño, apoyo y calor en estos momentos tan duros».
Fuera de este Arrasate industrioso y mortal pocos sabían de la vida de Isaías, de su esposa Mari Ángeles, de Sandra, Ainara y Adei, huérfanos de ETA, nombres que ayer la hija aireó a los cuatro vientos, como banderas contra el olvido. Porque al horror hay que ponerle cara y nombre, lágrimas y colores, labios y bufandas. De otra forma (y qué bien lo sabemos aquí) la maldad se diluye en el fondo de la memoria, se desvanece como un mal sueño en cuanto pasan unas horas, cuando se marchitan las flores de las coronas y los ecos de los telediarios.
Para tratar de despertarnos del letargo, para grabar a fuego en los pliegues del recuerdo el nombre sonoro y antiguo de su padre, Isaías Carrasco, Sandra hurgó en las causas simples del asesinato. «Le han asesinado por defender la libertad, la democracia y las ideas socialistas. Ha sido siempre un valiente que ha dado la cara».
El alma herida, el timbre de voz metálico y profundo, con esa sonoridad que adquiere la garganta cuando proclama al viento las verdades. Sandra. Abrazada por sus amigas, descompuesta, tambaleándose, pero arremetiendo contra los bárbaros. «Yo, mi madre, todos... iremos a votar. Y eso es lo que pido. Que todo el mundo vote. Y los que quieran solidarizarse con mi padre y con nuestro dolor, que acudan masivamente a votar el domingo para decir a los asesinos que no vamos a dar ni un solo paso atrás. Y que estoy muy orgullosa de mi padre... ¿Y que lo quiero!»
Hoy Sandra cruzará la calle del brazo de su madre y se dirigirá al cercano colegio electoral. Habrá rabia en ese sobre ámbar. Pero ¿qué pasará cuando el luto se diluya, cuando ella se quede sola ante el silencio? Agradecerá que alguien la llame por su nombre. Sandra.









