
En un hall tan discreto como austero, decorado en tonos ocres, Jorge, sin gafas, aunque afectado de una ligera presbicia, intenta disipar sus dudas con su primo Gonzalo, que esconde también sus lentes en la chaqueta. Elegantemente vestido, Rafael, padre del primero, sigue atento la conversación sobre las disquisiciones acerca del árbol genealógico de tan ramificada familia. A sus 82 años, lo hace apaciblemente recostado en un sofá, con los oídos y ojos bien abiertos. Justamente debajo de donde cuelga el título de Doctor en Medicina y Cirugía expedido el 7 de mayo de 1925 por Su Majestad el Rey Alfonso XIII a nombre de Ángel. De su difunto padre, Rafael recuerda su profesionalidad, la dulzura con que trataba a los pacientes y su gusto por ir siempre de punta en blanco, «con pajarita, sombrero y los zapatos relucientes».
83 años después de aquel certificado, la vida sigue igual. Con otros nombres, claro. Aunque es verdad que la tradición impera y algunos se repiten. Borja, Gonzalo, Juan Ángel, Virginia, Miguel, Mar, Jorge, Marisa, Iñigo, Eduardo y Juan... ¿Qué tienen en común? Su primer apellido: Corcóstegui. Si todas las ciudades cuentan con nombres asociados a una profesión, hablar de los Corcóstegui en Bilbao es hacerlo de una de las sagas médicas más conocidas de la villa. De oftalmólogos, para más señas. Once 'corcósteguis' ejercen la medicina en la actualidad, de los que siete son oftalmólogos. El más joven -Iñigo- lo hace en Nueva York. Aunque el patriarca se estrenó como médico general. De aquello hace ya siete generaciones.
La familia echó a andar profesionalmente en 1814. Con Pedro León de Corcóstegui a la cabeza. Su hijo Jorge siguió la tradición médica; y sus nietos Andrés y Francisco Corcóstegui Sagastegui -«este trabajaba en la zona de Markina. Cuántas veces tuvo que prepararle la abuela el caballo para asistir a partos o lo que fuera», tercia Rafael - empezaron a hacer historia como profesionales dedicados a cuidar de la salud de nuestros ojos.
«¿Que si es el órgano más importante? ¿Todos lo son! O entonces, ¿qué diríamos del cerebro? ¿Y si el corazón se para?», resuelve, con ironía, Gonzalo Corcóstegui Guraya, mientras juguetea con un antiquísimo bisturí rematado en un mango de marfil. Sorprende que semejante reliquia ayudara a resolver a principios del siglo pasado los problemas oculares, mientras los profesionales de hoy hablan de cirugía refractiva y otras técnicas de nombres impronunciables para los profanos en la materia con los que intervenir la degeneración macular. «Los ojos son sagrados. Perder la visión es una de las peores desgracias, si no la más grande, que te puede deparar la vida», media su tío, el representante de mayor edad de esta familia.
El hijo de éste recuerda el trajín que se vivía casi a diario en la vieja consulta que Rafael y sus tíos tenían en un edificio de la calle Bidebarrieta, frente al teatro Arriaga. «Esto se lleva en la sangre y no me planteé nunca hacer otra cosa. Vivía en la misma casa donde estaba la consulta. Compartíamos el cuarto de baño con los pacientes y recuerdo que el tío Ángel (padre de su primo Gonzalo) pasaba a menudo del despacho a la cocina a picar algo. Metía la mano en la olla y la sartén, comía lo que hubiera, y volvía a trabajar», evoca, emocionado, Jorge. «Lo viví desde pequeño. Los domingos, en lugar de ir de excursión, acompañaba a mi padre a la clínica a visitar a enfermos», afirma.
Operar con ojos y manos
Eso que llevaba ganado. La profesión ha cambiado mucho, pero hay cosas que no tanto. Las cataratas siguen siendo las patologías más tratadas. «En mis años eran un drama», relata el más veterano de los Corcóstegui. «Ese día no se comía en casa. Era una intervención que solía dar cantidad de complicaciones. Una angustia. Los pacientes nos llegaban muy tarde, casi ciegos, y teníamos que operar sin microscopios. ¿Con la única ayuda de nuestros ojos y manos! Pasábamos mucho miedo», admite.
Padre, hijo y sobrino coinciden en que, pese a los avances de la medicina, «desgraciadamente, no todo tiene arreglo». Por eso recomiendan la prevención y aconsejan pasar «las 'ITV' y revisiones periódicas» para vigilar la salud ocular. Del resto se encargan ellos. De ahí que la Academia de Ciencias Médicas de Bilbao haya reconocido la trayectoria de esta familia. ¿La razón de su éxito? Viniendo de oftalmólogos estaba claro: «Poseer una visión clara de la evolución futura de la ciencia médica», sostienen los Corcóstegui.










