Probablemente el voto emocional que hoy padecemos no haya surgido por generación espontánea y sus raíces sean algo más profundas que las del mero antentado terrorista. Quizá el propio atentado terrorista que amenaza con ser sistemático e inherente al fenómeno de votar encuentre un aliciente en el hecho de que en España frente al terrorismo también se ha estado oponiendo una 'política emocional', no basada en la reflexión sino en la 'reacción emocional' de la sociedad frente al terror. Si el atentado no era mortal la ciudadanía española no respondía contra él y nuestros políticos tampoco actuaban con el espíritu de previsión, de continuidad, de reflexión que un problema semejante exigía e incluso algunos se animaban a minimizarlo, a relativizarlo, a trivilalizarlo con expresiones como 'terrorismo de baja intensidad' o como 'accidente'. Si el atentado llegaba al asesinato el grado de emocionalidad con el que se respondía atendía a sus circunstancias dramáticas, más dramáticas -según esa misma subjetividad catastrófica- si la víctima era un civil y además un obrero y si además tenía lugar ante su familia; menos dramáticas si era un miembro de las fuerzas de seguridad y si caía en acto de servicio. Así se ha respondido y se actua todavía, emocionalmente. Pero si no existe una economía emocional ni una política emocional de la construcción ni del empleo, ¿por qué debe haber una política emocional en un tema tan grave como el terrorismo? ¿Por qué no se piensa a largo plazo y en evitar el asesinado que habrá en las vísperas de las próximas elecciones generales?







