La peripecia no es nueva. Desde hace décadas, los países árabes han buscado por todo el mundo lugares donde invertir los dólares que les reporta el petróleo, a la búsqueda de una alta rentabilidad. En la historia reciente de España, aunque teñida con algunos ribetes de escándalo, figuran las inversiones de KIO, un fondo de pensiones, en ese caso de Kuwait.
Abu Dhabi ha dirigido buena parte de sus esfuerzos a ese novedoso mundo que rodea el medio ambiente. Hay dos razones que justifican tal decisión. De un lado, la meramente financiera. El incipiente desarrollo de energías alternativas y limpias se ha convertido en uno de los sectores con mayores posibilidades de ofrecer plusvalías escalofriantes a medio y largo plazo. Pero, además, hay en esta estrategia algo de prepararse para el futuro, para una época en la que el 'oro negro' deje de ser, por agotamiento, la principal fuente de riqueza de estos países.
Abu Dhabi y la empresa Masdar, precisamente, son los impulsores de un macroproyecto de ciudad, cuyo diseño básico ha sido encargado al arquitecto británico Norman Foster, que ha sido bautizado como de 'emisiones cero'. El reto, complicado como pocos, es albergar a 50.000 habitantes en medio del desierto sin generar contaminación.






