Hoy somos más cuidadosos con el mobiliario del mundo, hemos aprendido a ponerlo a salvo de nosotros mismos. En el Louvre, la Gioconda se expone protegida por un cristal antibalas y muchas cuevas prehistóricas se han cerrado al público por motivos de conservación. En Santimamiñe, por ejemplo, primero se prohibió al acceso a la cámara principal de pinturas y hace un par de años la restricción se extendió a la totalidad de las instalaciones.
Afortunadamente, el ingenio humano nunca deja de sorprendernos. Desde ayer, es posible visitar Santimamiñe de una manera virtual. Basta con acercarse al santuario anexo al yacimiento y atender a unas pantallas estereoscópicas que nos transmiten la sensación de estar en la cueva. La entrada cuesta cinco euros y no es seguro que el señor de la puerta acepte moneda acuñada en países virtuales.
Habrá quien diga que se trata de una solución artificial, pero no deberíamos olvidar que la civilización se basa precisamente en las soluciones artificiales. Quizá la tecnología estereoscópica no consiga transmitir la emoción de enfrentarse a una pintura realizada hace miles de años. Sin embargo, bastará para hacernos pensar sobre la necesidad de dejar testimonio que nos distingue como especie. Sobre eso, y sobre el hecho algo estremecedor de que los artistas prehistóricos tuviesen mejor mano que el ochenta por ciento de los modernos. Parece evidente que los inquilinos de Santimamiñe eran más primitivos que nosotros, pero no es seguro que fuesen más impresionables. Ellos al menos tenían claro que al pintor que salía abstracto se le prohibía el acceso al carbón vegetal y se le ponía a hacer algo útil. Cazar bisontes, por ejemplo.









