
La cita, organizada por la asociación de comerciantes, arrancó a las once de la mañana. Las dependientas miraban entonces hacia el cielo con esperanzas de que los nubarrones pasaran de largo sin dejar ninguna descarga. El Casco Viejo tardó poco en convertirse en un hormiguero. Camisetas a dos euros, zapatillas a nueve y carteles con descuentos de hasta el 70% adornaban las Siete Calles. «Si tienes suerte y buen ojo, puedes encontrarte algún chollo. Lo importante es comparar bien antes de comprar», aconsejaba Loli García, toda una experta en la materia. La técnica del 'rebusqueo' no fallaba. «O te metes o no haces nada», le comentaba una mujer a su hija, algo sobrepasada por las aglomeraciones.
Apenas una hora después, el panorama era bien diferente. Las primeras gotas dieron paso a un chaparrón. Los clientes en potencia echaban a correr para resguardarse, mientras las encargadas de las tiendas se apresuraban a cubrir o guardar el material en el interior de las tiendas. «Esto es una faena, con lo bien que nos fue ayer -por el viernes-. Tenemos que estar todo el rato pendientes de las nubes porque en cualquier momento nos moja todo el género», expresaba una de las dependientas de una conocida tienda de moda. En cuanto el aguacero cesaba, el mercado volvía a recuperar su mejor cara.
El Athletic, de rebajas
«¿El Athletic está de rebajas!», gritaba José a su paso por la tienda oficial del club, en plena calle Bidebarrieta. Como ya ocurriera en ediciones anteriores, la gente se agolpaba sobre el puesto para hacerse con alguna camiseta o un polo de su equipo preferido. Eso sí, todos los artículos en venta eran de otras temporadas. «No tienen nada de este año», explicaba un decepcionado Gorka. Aun así, este bilbaíno no dudó en acercarse a echar un vistazo. «Por ver qué hay», apuntaba. En ese momento, Marga Erauzkin agarraba su bolsa rojiblanca y abandonaba el bullicio con una sonrisa. «Le he cogido un niqui a mi nieto, que es un forofo. A él le da igual que sea de temporada o no, lo que quiere es que sea del Athletic», decía. Marga se quedó con las ganas de comprarle una camiseta a otro de sus nietos. «Pero es que ya no hay tallas más pequeñas», se justificaba con resignación.
El problema de estos mercadillos es que uno puede o no encontrar lo que quiere. Y, aunque algo le llame al ojo, la incógnita es: ¿habrá mi talla o mi número? Leire también se quedó con las ganas. «Quería unas botas, pero del modelo que me gustaba no tenían el 38», señalaba. A este hándicap se unía el hecho de que la mayoría de las tiendas no permitían que los clientes se probaran las prendas en el interior de los establecimientos. «Con un abrigo o una chaqueta no hay problema, pero con unos pantalones no te la juegas, sobre todo cuando en algunos sitios no se aceptan devoluciones», opinaba Mari Carmen Ruiz.
No fue ropa, sin embargo, lo único que ofrecía el Casco Viejo. Más de 200 comercios se han adherido a esta iniciativa, por lo que la variedad estaba asegurada. Desde artículos para el hogar, hasta colonias e incluso juguetes. Había para todos los gustos. Laura se acercó al mercado en compañía de sus hijos, Leire y Jon, de 5 y 7 años, respectivamente. «No he conseguido que parasen quietos hasta que nos hemos puesto a mirar unos puzzles. Tienen en casa, pero como están bien de precio», apuntaba. Un día es un día.









