
Sin embargo, los empresarios mineros se negaban en redondo a plegarse a las exigencias que marcaban los compradores extranjeros, sobre todo ingleses. Preferían resistir, a pesar del enorme perjuicio que eso suponía para sus trabajadores, pues afirmaban que el mineral almacenado no se pudriría nunca y que, tarde o temprano, podrían venderlo a buenos precios.
Pero los más realistas juzgaban que la realidad era otra. Esa absurda resistencia a admitir los precios vigentes en el mercado internacional podía suponer la negativa tajante de los industriales ingleses a comprar el hierro vizcaíno y sustituirlo por el procedente de las minas de Noruega y Suecia que era mucho más barato. Además, y esto sí que era bastante más preocupante, la singular ventaja del hierro vizcaíno, su enorme calidad frente a la de otros países, era ya algo que quedaba en el recuerdo.
Las minas no se habían agotado, pero el famoso 'campanil', el rubio vizcaíno, carente en absoluto de fósforo y azufre, con una pureza inigualable, estaba prácticamente extinguido. Con este panorama, la solución de la crisis obrera parecía muy lejana. Y lo peor del caso es que, durante aquellas semanas de marzo, las cosas se pusieron tan difíciles que hasta beber para olvidar se transformó, durante unos días, en casi un imposible.
Cerrar las tabernas
El 4 de marzo, y con motivo del aumento del impuesto sobre los vinos en función de su mayor o menor graduación alcohólica, los dueños de todos los almacenes de vinos de Bilbao decidieron, por unanimidad, cerrar sus puertas y no vender nada a las tabernas o tiendas de ultramarinos de la villa. Fue como si de repente la ley seca se instalara en la villa. ¿Podrían los bilbaínos aguantar sin vino?, se preguntó más de uno agobiado ante el cariz que tomaban de los acontecimientos. Aunque la pregunta que habrían debido hacerse era: ¿de verdad serían capaces los bilbaínos de quedarse sin vino?
Cuando se inició el cierre, la comisión permanente creada al efecto y presidida por el señor Maguregui, tenía muy claro el objetivo: conseguir una rectificación de la Junta Municipal en lo tocante al impuesto aprobado. Sus primeros pasos fueron decididos, ya que la primera entrevista la realizaron con el gobernador civil, el señor Aresti, al que le dejaron muy claras sus reivindicaciones. Para empeorar más las cosas, también los taberneros, reunidos en asamblea, acordaron cerrar sus negocios «como prueba de adhesión á los almacenistas de vinos y como protesta porque el alcalde les quiere obligar al pago de las multas que se les impuso y por no permitírseles abrir las tabernas en los días de feria de Bilbao». Estaba claro que el enfado no era sólo de los vinateros. Los taberneros, solidarios por supuesto, también tenían el suyo por lo que aprovecharon para replantear una lucha que ya habían perdido con anterioridad: la de abrir en domingo.
Como si de una reacción en cadena se tratase, los comerciantes de ultramarinos y los del gremio de licores también amenazaron con el cierre. ¿Se podía esperar desgracia mayor en Bilbao? Muchos concluyeron que no, aunque les quedaba el consuelo en las afirmaciones del alcalde, el señor Ibarreche, cuando manifestó que desde el Ayuntamiento se estaban haciendo gestiones para traer vino de fuera y establecer tabernas reguladoras. Los vinateros, por su parte, tampoco se negaron a perder el negocio por completo y muchos iniciaron gestiones para vender su producto fuera de Bilbao.
Los problemas más graves llegaron el 6 de marzo, cuando las tabernas con la categoría de restaurantes se negaron de entrada a cerrar. Sin embargo, la presión de los piquetes fue efectiva y establecimientos emblemáticos como «Carabanchel, el Bar de la Concordia y el restaurante de la estación de Las Arenas, cerraron a las doce menos cuarto, después de haber llegado sus dueños á una inteligencia amistosa con los taberneros». Por su parte, el Gremio de Almacenistas de vinos hizo público un comunicado en el que denunciaba la injusta administración municipal y un régimen de tributación que estimaban desigual.
Pedidos de fuera
El alcalde se mostró dispuesto a reformar el reglamento de las alhóndigas, de tal modo que la graduación de los vinos se hiciera al entrar en las mismas y que, una vez dentro, los vinateros no pudieran tocar el producto bajo ningún concepto, lo cual evidenciaba cierta tendencia de los almacenistas a adulterar el género. Mientras el cierre parecía cosa seria, en Bilbao no faltaba el vino, ya que se recibían pedidos de fuera y no eran pocas las tabernas que, pese a estar adheridas a la protesta, vendían chiquitos por la puerta de atrás.
Bilbao no se moría de sed. Además, el alcalde no cedió ni un ápice en su postura. Planteó a los taberneros el único camino posible de solución: si querían abrir los domingos de feria tendrían que recurrir al Instituto de Reformas Sociales y no al Ayuntamiento. En cuanto a los vinateros Su unidad se rompió en cuanto se planteó que aquellos que se dedicaban a los vinos más finos, de menor graduación, iban a pagar menos. Fue entonces cuando el movimiento perdió fuerza y se desconvocó el cierre.
Finalmente, todo volvió a la normalidad, aunque cabría preguntarse si en algún momento la situación fue de verdad grave. De lo que no cabe la menor duda es que, de toda aquella protesta, los más perjudicados fueron los taberneros pobres. Como siempre ocurre.









