
Su precaria convivencia en este rincón de Vitoria lleva años provocando las protestas de comerciantes y vecinos. Manuel Rabasco, el presidente de la asociación que agrupa a los minoristas del mercado, se enciende cuando habla del asunto y comienza a enumerar problemas: «Nos encontramos deposiciones, meadas, restos de vino, vierten al suelo el aceite de las latas de sardinas, hay peleas, pequeños hurtos... Llevamos años así y no se hace nada, ni antes el PP ni ahora el PSOE».
'El Sevillano', con un acento andaluz intacto pese a los 23 años que lleva en Vitoria, reconoce que Rabasco «tiene razón en un 80% porque a veces hay broncas, gente que se porta mal». El 20% restante se refiere a que «nos mete a todos en el mismo saco, y pagan justos por pecadores». La solución la ve sencilla, «si uno delinque, que lo lleven a la cárcel, pero que no paguemos todos por sus faltas».
Sin embargo, para los comerciantes el problema va más allá de los aislados episodios de delincuencia. «Los clientes se nos quejan del mal olor, de la suciedad, nos dicen que no hacemos nada», lamenta Rabasco, y extiende los brazos, «¿qué podemos hacer? Hay gente con problemas de alcoholismo, de enfermedades mentales, de drogas, y nadie da soluciones».
Con 'nadie' se refiere al Ayuntamiento, y el presidente de los minoristas da estocadas con el dedo índice para poner énfasis en sus palabras. «Hay que buscar soluciones, porque en la calle esa gente no se cura». Critica al concejal de Asuntos Sociales Peio López de Munain porque «dice que no hacen nada malo, que tienen derecho como todos a estar en la calle. Pero, ¿qué hay de nuestros derechos?».
La pasada semana, López de Munain respondió a las protestas del PNV por su supuesta «pasividad» ante el problema, y se limitó a señalar que a los indigentes de la plaza de Abastos les gusta «encontrarse en la calle», igual que los jubilados «se reúnen en la Virgen Blanca».
Los incómodos vecinos de los comerciantes reivindican su derecho a estar ahí porque «no todos los que estamos en la calle somos asesinos y ladrones», proclama 'El Sevillano'. Uno de sus compañeros avanza con las manos extendidas, moradas y llenas de cortes, «mira, vengo de recoger chatarra y por la tarde tengo una entrevista de trabajo». 'El Indio', otro habitual de la zona, se agarra su cuello traqueotomizado y, mientras fuma, señala a un hombre, de la misma edad indefinida que casi todos, que acaricia a un perro negro dormido. «¿Qué daño está haciendo?», pregunta con dificultad, «si trata el perro como si fuera su hijo».
Las ambulancias
Todos beben, ríen y discuten tras un par de vallas de obra amarillas. «Las pusimos ahí para evitar que entrasen», dicen fuentes de la empresa Milman, que presta sus servicios en el mercado. «También pusimos cintas, aunque no valió de nada, las rompieron y ahí continúan. Un día hasta encontramos siete jeringuillas en la zona, y hay que tener en cuenta que durante los fines de semana eso se llena de niños».
También protestan porque, a menudo, debe llegar la ambulancia para asistir «comas etílicos y algún ataque epiléptico». El de la epilepsia es el hombre del perro, que ni siguiera combate su mal con medicamentos. Pese a eso, se despide con una sonrisa tranquila y las manos en los bolsillos.





