
Sin embargo, en otros, sus aspiraciones se han cumplido y su sueño se ha elevado a la categoría de realidad. Vecinos de Artazu Bekoa, que siguen pendientes de que el Ayuntamiento les eche un cable y les coloque algún elemento mecánico en su barrio, y residentes de Irala, entusiasmados con el flamante ascensor que estrenaron hace casi tres meses, explican la importancia de contar con medios que les hagan la vida un poco menos cuesta arriba.
ARTAZU BEKOA
«El que ha podido, se ha marchado»
Marcelino Baz ha ganado dos batallas. La primera, hace veinte años, cuando sufrió un paro cardiaco que le dejó impedido y con problemas en el habla. Si entonces se hubiese dejado llevar a la deriva por el desánimo y la desidia, «estaría muerto», pero no eligió ese camino. Así lo explica su hermana Juana, que le cuida y 'traduce' sus palabras, incomprensibles para el resto de los mortales, pero que a ella, después de tantos años de convivencia, se le revelan con claridad diáfana. «Fuiste muy valiente y peleaste mucho en la recuperación», le dice a Marcelino, que a sus 67 años sigue luchando por hacer algo mejor de la vida que le ha tocado.
La segunda batalla de la que se ha proclamado vencedor es quizá menos espectacular, pero igual de admirable: no ha sucumbido a la tentación de quedarse en casa sin salir, como han hecho muchos de sus vecinos mayores o impedidos que viven en Artazu Bekoa, un primoroso barrio de Rekalde que parece un juego de construcción de casitas de colores unidas por escaleras serpenteantes y cuestas asesinas. «Salgo todos los días y, aunque paso trabajos, hasta me acerco al centro». «Sí, sí -confirma su hermana-. Coge su silla y se va carretera abajo, porque por la acera no cabe. Y no tiene ningún miedo de encontrarse coches». Más bien ocurre al contrario, porque, a veces, son los vehículos que bajan los que se topan con Marcelino de expedición y «hasta han llegado a formar caravanas», desvela Juana mientras su hermano se parte de risa.
Ellos llegaron al barrio hace 40 años, con sus padres y siete hermanos más, «para ganarse la vida». Ahora no quieren dejarlo. «Los que han podido, se han marchado. Pero a nosotros nos gusta esto, porque nos conocemos todos y nos ayudamos unos a otros», justifica Juana, que tiene ya 70 años e intenta hacerle comprender a Marcelino que llegará el día en que las pendientes les ganen el pulso y los dos tengan que irse de allí, «quizá a una residencia».
Pero él no quiere ni pensarlo y prefiere seguir atesorando pequeños logros, como si quisiera quitarle razón a su hermana. Y, ella, que también es una enamorada de Artazu Bekoa y sus gentes, también prefiere mirar al futuro con esperanza. «El Ayuntamiento nos ha dejado el barrio precioso, nos acaba de poner un autobusito que es una gloria y ahora sólo falta que nos coloquen escaleras mecánicas o un ascensor», explica con mirada soñadora.
Su vecina, Ana Mari Hernández Mendizabal, que tiene 76 años, osteoporosis y, según ella, «todas las enfermedades acabadas en 'osis'», también se resiste a dejar Artazu Bekoa. Y eso le ha costado alguna 'peleílla' con sus hijos, que querían que se mudase a un lugar más llano. «Me gusta esto, aunque tenga que ir con mis muletas arriba y abajo -explica-. Cuando me canso, me paro, y siempre hay algún conocido que me da ánimos y me dice 'ya verás, Ana, como nos ponen algo' y yo siempre contesto lo mismo: ¿pues que yo lo vea!».
IRALA
«Qué bien estar tan cerca del centro»
«Comprar en un par de fruterías de Autonomía que están muy bien de precio, bajar al parque nuevo a pasear, asistir a misa en los franciscanos, llegar antes al ambulatorio ». Así empieza la larga lista de cosas que Fidel y Amparo, un adorable matrimonio de Irala de 79 y 76 años, pueden hacer desde que el pasado mes de diciembre se inauguró un ascensor que conecta su barrio con Amezola.
Estas pequeñas rutinas, insignificantes en apariencia, han cambiado la vida de la pareja, que está encantada -e incluso algo sorprendida- de verse «tan cerquita del centro». «Qué bien, es sensacional», reconocen. Y eso que los primeros días no tenían muy claro que le fuesen a dar mucho uso a la nueva infraestructura. «Al principio, todos nos montábamos por capricho, aunque no fuésemos a ningún sitio», explica Fidel. De hecho, los primeros días de su puesta en marcha, el elevador era más que nada una atracción de feria para los entusiasmados vecinos, que estaban que no se lo creían y parecían querer curar la perplejidad a fuerza de viajes.
Ahora, pasado el frenesí del estreno, el ascensor ha abierto ante ellos un nuevo Bilbao, al poner a su alcance posibilidades que antes les quedaban a desmano. Por ejemplo, Amparo y Fidel ya están imaginándose sentados al sol en el parque de Amezola cuando llegue la primavera. «Nos es útil, sobre todo para mi marido, que está un poco pochito porque le han operado dos veces de la cadera», dice Amparo. Y Fidel, sentado en el sofá, se apresura a aclarar que «el ascensor le viene bien a todo el mundo, también a los jóvenes que van con sus niños pequeños, ¿eh?».
Aunque, según dicen, «en Irala quedan cuatro viejos, porque la juventud ha preferido irse a barrios nuevos». Lo comentan sin asomo de reproche, porque, aunque el barrio «es un sitio muy tranquilo para vivir», hasta ahora estaba «un poco aislado». Ahora, ambos miran el cubículo acristalado y esperan que sirva para atraer a jóvenes al vecindario. A ellos les gustaría que volviese a ser como cuando ellos lo conocieron hace 40 años, con muchos niños jugando en sus placitas. Aquella época en que «las cuestas no pesaban» y la vejez sólo era para ellos una idea vaga.









