Ocurre que a los padres fundadores les dio por acampar entre montañas. Ellos, en fin, eran así: todo imprevisión. El problema surgió cuando la ciudad tuvo que expandirse y no hubo más remedio que ganarle terreno al monte y construir barrios de naturaleza semialpina. Los conocemos como barrios altos y parece que sus habitantes se han hecho mayores y no tienen las cualidades trepadoras de antaño. Ahora sabemos que más de un anciano prefiere no salir de casa ante la perspectiva de tener que vérselas con unas pendientes dignas del Tour de Francia.
La solución son los ascensores. En el barrio alto de Irala tienen uno y parecen satisfechos. El aparato les permite acercarse cómodamente al centro de la ciudad. Amparo y Fidel, dos vecinos de la zona, están deseando que llegue la primavera para bajar al parque de Amezola y tomar un poco el sol. Lo harán gracias al ascensor y uno piensa que debe ser cierto que lo gratificante de dedicarse a la política municipal consiste precisamente en eso, en conseguir que unos contribuyentes puedan acercarse un rato al parque.
Lograr que todos los barrios de Bilbao estén bien comunicados con el centro es un noble empeño. Vivimos en una ciudad de tamaño sensato y no parece lógico que haya vecinos que se sientan exiliados de las calles principales. Es sabido que los bilbaínos necesitamos darnos de vez en cuando un garbeo por la Gran Vía y El Arenal para ver que se cuece, para constatar que todo sigue en orden. A los madrileños les ocurre lo mismo con la Puerta del Sol y a los barceloneses con las Ramblas. Cada ciudad tiene su corazón castizo y palpitante. Quienes viven en los barrios altos también deben poder llegarse hasta él. Y hacerlo, entiéndase, de un modo práctico, civilizado, inofensivo. Sin rodar pendiente abajo, vaya.










