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ANÁLISIS
¿Dónde está la gracia?
19.03.08 -

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¿Dónde está la gracia?
TENSA ESPERA. Llorente habla por el móvil antes de abandonar el estadio bético. / IGNACIO PÉREZ
Debe ser que los últimos años de penurias y la explosión triunfal del Sevilla han agriado su carácter. O quizás sea que el buen humor lo disfrutan y lo gastan entre semana, pero no les alcanza hasta el día del partido. En este sentido, hasta podría ser posible que Carmelo Peña Rodríguez tenga una gracia que no se puede aguantar cuando se junta con sus amigos en el bar 'El Mudo' de Mairena de Aljarafe y que, sólo al llegar al campo del Betis, se convierta en un tiparraco que lanza botellas al césped y acaba pasando la noche en chirona tras ganarse el desprecio general.

Sea como fuere, lo cierto es que uno -y bien que lo siente- no ha podido disfrutar nunca de la gracia y el salero que, dicen, adornan a la famosa afición bética. Es más, puesto a hacer memoria, este cronista no acierta a recordar una sola experiencia agradable -al menos, lo suficiente como para desear su evocación- en el estadio de Heliópolis. Vamos, que Sevilla era siempre una maravilla hasta que llegaba la hora de ir al campo. Entonces la cosa comenzaba a torcerse de un modo u otro. Y no se trata de que el Athletic, salvo excepciones, acostumbrara a salir escaldado en sus duelos con el Betis, sino de otro tipo de cuestiones.

Una de ellas es la reconocida hospitalidad con los periodistas foráneos de Manuel Ruiz de Lopera. Recuerdo que en mi primera visita al Benito Villamarín, un tórrido domingo de septiembre de hace ya doce años, los problemas surgieron a la hora misma de retirar las acreditaciones. La sorpresa es que sólo había una. O entraba el fotógrafo o lo hacía el redactor. Eran órdenes de don Manuel y el taquillero estaba de acuerdo. Faltaría más. De hecho, nos echó en cara nuestras pretensiones excesivas -¿qué se han creído ustedes?- y hasta se aventuró a convencernos de que una sola persona podía hacer perfectamente los dos trabajos a la vez, la crónica y las fotos. Cuando se le preguntó si, al mismo tiempo que atendía la taquilla, él se encargaría también de cantar las alineaciones por megafonía, el hombre se ofendió. En fin, que hubo que pasar por caja y dejarse mil durillos para luego relatar un deprimente 3-0 en el estreno liguero.

El destino de esos mil durillos se desconoce. Don Manuel pudo invertirlos en muchas cosas. Es probable que los sacara de su maletín y los repartiera a sus jugadores a modo de prima en algún vuelo, como era su costumbre. En lo que no los invirtió con total seguridad fue en la limpieza de las cabinas de prensa, que a la temporada siguiente presentaban un aspecto lamentable. De nuevo, casualidades de la vida, la visita del Athletic era la primera de la temporada en Heliópolis tras un largo y cálido verano. Y de nuevo hubo que dejarse mil durillos antes de subir a unas cabinas cubiertas de polvo, desperdicios y cagadas de paloma. Aquel día, el cronista y sus compañeros sí que tuvieron doble trabajo como pretendía el taquillero la campaña anterior. Antes de escribir sobre el partido o de narrarlo tuvieron que limpiar durante un buen rato para poder sentarse.

A estos pequeños problemas de intendencia hay que añadir otro mucho más grave, el ambiente tenso y hostil del estadio verdiblanco durante los partidos contra el Athletic; una tensión y una hostilidad que, inevitablemente, terminábamos sufriendo en forma de insultos y amenazas los periodistas bilbaínos, sobre todo los de la radio, los más expuestos. A nadie que conozca este desagradable percal puede extrañarle que los enviados especiales de los medios de comunicación vizcaínos tuvieran que salir el sábado del Ruiz de Lopera en los furgones de la Policía. Como tampoco pueden sorprenderle los botellazos a Juande Ramos y a Armando o el hecho de que casi la mitad de las denuncias por incidentes de público que se han registrado esta temporada (9 de 19) se hayan producido en casa del Betis.

En fin, que lamentablemente la gracia y el salero no se ven por ningún lado en ese curioso estadio siempre a medio remodelar en el que la mejor visión del juego la disfruta un busto de su máximo accionista. Y si lo que ocurre es que todo lo está pervirtiendo y ensuciando una minoría vociferante y violenta, la mayoría verdiblanca ya sabe lo que tiene que hacer para que a su equipo del alma no vuelvan a darle por perdido un partido -una decisión, por cierto, más que justa- y su campo no sea cerrado de nuevo: acallarla y repudiarla de una vez. Y es que, cuando lo que está en juego, aparte de los puntos, es la imagen pública y la dignidad de una hinchada, nada peor que la confusión.
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