
CUADERNO DE VIAJE
Esta pareja de treintañeros catalanes pensó que la distancia que media entre la Ciudad Condal, donde residen, y la Rioja Alavesa era «asumible», y el jueves pasado se plantaron en Laguardia, en su primera visita al País Vasco. Llegaron bien informados meteorológicamente y, en consecuencia, pertrechados de ropa de abrigo -incluidas botas para la nieve-. Un más que cantado temporal de origen escandinavo no les iba a recluir en casa por vacaciones.
Se alojaron en el histórico y romántico hotel Castillo de El Collado, separado de la villa riojanoalavesa por un paseo-mirador de dos kilómetros: a un lado, la señora Sierra de Cantabria y al otro, un mar de vides. «El paisaje nos tiene fascinados. Estamos encantados. Ha sido una elección estupenda», se congratulaban ayer, en la concurrida plaza principal de Laguardia, mientras aguardaban a que el reloj público diera las doce en punto, hora en la que los bailarines y el katximorro hacen su particular pasacalles mecánico.
Obviando a Gehry
La nieve boicoteó su excursión a Santo Domingo de la Calzada -la han pospuesto a hoy-, pero ni por esas perdieron la sonrisa y el gesto relajado. Empezaron su periplo en la tierra del oro negro con una incursión a la bodega El Fabulista, donde les descubrieron el proceso de elaboración del vino y les dieron su primera lección de cata. Rosa la gozó. El viernes se lo dedicaron a Briones y, el sábado, a San Vicente de la Sonsierra, donde asistieron a una procesión.
De forma paradójica, sus rutas han obviado el edificio de titanio con el que Frank Gehry dejó su impronta en Elciego. «No hemos ido a verlo. No nos llamaba la atención», zanja la pareja. «Y tampoco tenemos el bolsillo para éso», agregan desenfadados. Aun así, no descartan hacerlo en una segunda ocasión. «Volveremos a la Rioja Alavesa. Pero, esa vez, en plena vendimia, para saber cómo se vive», prometen en plena lluvia de copos.






