
«Hace 50 años nuestras fiestas tenían el sabor típico de los pueblos. Eibar era la mitad de ahora y existía entre la juventud, principalmente, más armonía y unión. De esa forma era fácil organizar festejos», explicaba, haciendo un alto en la habitual tertulia del antiguo Bar Lasuen, para entonces ya Bar Gurea. Allí se reunía a diario con sus amigos, todos de edad avanzada, porque en aquella época no existían hogares del jubilado, que comenzaban a ser reivindicados en el municipio.
Puestos a añorar, Santa Cruz recordaba con especial nostalgia la peculiar verbena matinal. «Comenzaba a las 6.30 de la mañana en la plaza de Untzaga y era amenizada por numerosas orquestas o grupos que actuaban conjuntamente, de manera que la orquesta que más gente congregara bailando se llevaba un premio». No faltaban en su entorno puestos de venta de churros, bizcochos de Mendaro y bebidas, y «además se premiaba al mejor engalanado», recordaba. En 1972, como en los años anteriores, el ambiente había decaído, «quizás porque la gente está saturada de fiestas y bailes, y muchos que tienen coche se van a la costa o a sus casas en La Rioja», opinaba, a la par que se atrevía a ofrecer alternativas para retomar el auge: «Hay que buscar alicientes. primero renovando la tradición de las fogatas, con cuadrillas, tamborrada, un concurso de ochotes y conciertos de envergadura».






