
En uno de los condados más problemáticos, el de Aba en Sichuan, los mercados están ya abiertos, los departamentos de las principales empresas «funcionan normalmente», y las escuelas de Primaria y Secundaria reabrirán sus puertas hoy, según informó la agencia oficial de noticias Xinhua. Los disturbios en esa zona se desencadenaron el pasado día 15 y acabaron con disparos policiales «en defensa propia» contra manifestantes tibetanos armados, que acabaron con cuatro heridos, según Pekín.
No obstante, la versión oficial sigue siendo difícil de contrastar dado que la prensa extranjera fue expulsada de Lhasa y no se le ha permitido el acceso al resto de las regiones conflictivas tibetanas «para proteger su seguridad», de acuerdo a la versión de China.
Falta de transparencia
La prensa oficial está divulgando con profusión de detalles, muchos de ellos truculentos, historias de los ataques tibetanos contra los han, grupo étnico mayoritario en China, pero en ninguna de ellas mencionan la respuesta de las autoridades chinas, que ni siquiera aparecen en la mayoría de imágenes que divulgan.
Todas esas zonas siguen selladas y no se permite el acceso a ningún medio foráneo. Esta falta de transparencia justifica el baile de cifras que rodea a este conflicto, que comenzó con protestas pacíficas iniciadas por los monjes budistas en Lhasa el pasado día 10 de marzo, aniversario de la insurrección popular tibetana contra los comunistas chinos de 1959, y desembocó en una ola de violencia. Los disturbios dejan un saldo oficial, según Pekín, de 19 muertos y 600 heridos. Mientras que la comunidad tibetana eleva el número de víctimas a un centenar.
Esta falta de transparencia ha propiciado múltiples quejas contra Pekín. Y mientras los reproches en el extranjero se recrudecen, un grupo de 30 intelectuales y escritores chinos ha enviado una carta abierta al Gobierno para que reflexione y cambie el modo en que está gestionando la crisis. «La propaganda divulgada por los medios oficiales tiene el efecto de avivar el odio racial e intensificar la situación, que ya es muy tensa», dice la misiva, que precisa que esa propaganda es «mala para nuestra meta a largo plazo de salvaguardar la unidad nacional». Además, insta a las autoridades chinas a abandonar un lenguaje «con reminiscencias de la Revolución Cultural» para difamar al Dalai Lama.
Pero, pese a las advertencias, China sigue erre que erre en asegurar que el líder espiritual es el 'cabecilla' de toda esta revuelta y le han vuelto a acusar de «orquestar el «terror» en Tíbet y de estar cooperando en secreto con los separatistas uighur en Xinjiang» y de estar confabulando «para tomar como rehenes las Olimpiadas de Pekín», y obligar así al Gobierno chino «a realizar concesiones sobre la independencia de Tíbet».
Ante tales declaraciones, la única respuesta del Dalai Lama es la exasperación. Hasta tal punto que el propio líder budista ha asegurado tener un sentimiento de «impotencia y desesperación», el mismo que «hace casi 50 años», cuando se exilió en India tras la fallida revuelta tibetana contra China, que causó 10.000 muertos y obligó a escapar a unos 100.000 tibetanos.
Su discurso, pese a las acusaciones de China, sigue la misma línea desde el principio. Un rechazo «al odio y la violencia para encontrar una solución a la situación del Tíbet», pero precisa que esto no significa que su pueblo deba mostrarse «sumiso» ante las autoridades chinas. Aun así, mostró su confusión ante cómo se están desarrollando los hechos. «Normalmente tengo claros los puntos a desarrollar, pero esta vez mi mente está en blanco».






