
Pero la verdadera cuestión radica en algo distinto, aunque fundamental para el funcionamiento de la democracia. Las elecciones eran para elegir un órgano democrático en el que la representación es la de los ciudadanos tomados como ciudadanos individuales. No se trataba de unas elecciones para definir un órgano de representación territorial. Se ha elegido un órgano que decida las cuestiones que definen la vida de todos los ciudadanos en distintos ámbitos de su vida.
Lo que sucede es que los partidos nacionalistas se desentienden básicamente de las cuestiones que afectan al conjunto, no saben si pertenecen o no a él, si quieren pertenecer a él o no, y de qué manera, y plantean también estas elecciones como si fueran a algún organo de representación territorial: qué puedo obtener para mi territorio, dando por sentado además que sólo ellos y sus votos son los que representan a ese territorio.
Las elecciones generales son malas elecciones para los partidos nacionalistas en la medida en que se desentienden del Estado, se saben sin capacidad de influencia en el Estado, si no es por medio de plantear reivindicaciones territoriales en caso de que su voto sea necesario debido a la aritmética parlamentaria. Pero se presentan, y así se encuentran con la contradicción que, en el caso vasco, es apuntada en los últimos tiempos una y otra vez por la izquierda nacionalista radical: para qué se presentan a las elecciones generales si lo que les interesa es sólo lo que afecta a Euskadi y que debe ser decidido sólo en Euskadi.
Y los planteamientos que hacen después de las elecciones siguen el mismo patrón: estamos dispuestos a pactar, siempre con el que gane -lo cual es clarificador respecto a su implicación en la gobernabilidad del Estado desde supuestos ideológicos y de proyecto político-, si los llamados problemas territoriales pueden ser solucionados. Pero olvidan, como en el caso vasco, que la representación enviada por los ciudadanos vascos a la Cámara que representa a todos los ciudadanos del Estado en su individualidad es de 12 no nacionalistas y 6 nacionalistas.
El nacionalismo del PNV añade además que está dispuesto a apoyar a Rodríguez Zapatero siempre que éste pase por las horcas caudinas de negociar el innegociable plan de Ibarretxe. El añadido de que dicho plan es un plan del partido puede significar mucho para los miembros de dicho partido, pero nada para el resto de la ciudadanía. Con lo que están diciendo que están dispuestos a participar en la gobernación del Estado al que están presentando una demanda de divorcio.
Claro que suelen tener preparada la salida a la contradicción: no se trata de poner en duda al Estado que es España, sino de otra forma de entender el Estado, como si realmente el interés del nacionalismo vasco radicara en encontrar la forma de consolidar y fortalecer el Estado español. O afirman que el problema es que el PSOE y su secretario general, presidente del Gobierno, sí estarían dispuestos a pasar por las horcas caudinas planteadas por el lehendakari Ibarretxe, pero que no lo hacen presionados por el PP.
Y no se dan cuenta de que el Estado es el Estado, de que no hay constitución en el mundo que tenga una disposición en la que prevea su propio harakiri, ni disposición alguna que le marque el camino del suicidio. No se percatan de que de tanto mirarse el ombligo y de tanto marear la perdiz de la ingeniería jurídica en busca de una fórmula mágica capaz de combinar el respeto al pluralismo, la democracia, la consecución de los propios fines nacionalistas, el respeto de la libertad de los no nacionalistas, la consecución de la paz con las concesiones necesarias a ETA para ello diciendo que no son concesiones a ETA sino al nacionalismo democrático, pierden de vista que lo que están pidiendo es que el Estado español, como lo llaman, firme su propia acta de defunción.
No hay presidente de gobierno en España que sea capaz de hacer con la Constitución lo que los nacionalistas vascos pretenden con el plan de Ibarretxe. Lo que no puede ser no puede ser, y es además imposible. Máxime si la forma de plantearlo es la de tú me debes algo, pero yo no te voy a dar nada. En todo caso un apoyo coyuntural que te permita gobernar, pero nada definitivo. Alguien debiera señalarles que lo que el conjunto de los españoles han votado el 9 de marzo ha dado como resultado que alrededor del 92% de los diputados al Congreso pertenecen a uno de los dos grandes partidos estatales, y que el PSOE y el PP suman el 84% del voto del conjunto de los españoles. Algo que todo el mundo debiera tener en cuenta para hablar de políticas de Estado que afectan al conjunto del Estado y a su estructura de poder territorial.
Pueden pensar los líderes del PNV que el resultado electoral último no tiene nada que ver con el plan Ibarretxe. Para quienes quieren, y ahora además pueden, plantear una alternativa de gobernabilidad en Euskadi sin tener que recurrir al nacionalismo, quizá sea lo mejor. Aunque siempre es bueno para la democracia y para el sistema democrático que quienes son actores principales actúen desde la lealtad al sistema y desde un mínimo de asunción del principio de realidad.
Una realidad que en el caso de Euskadi está cambiando. Nadie olvida que se trataba de elecciones generales. Nadie olvida que el comportamiento puede variar si se trata de unas autonómicas. Pero nadie debiera olvidar que ya en las municipales últimas se mostraban tendencias que las últimas elecciones han apuntalado de momento.
Puede que los tiempos estén cambiando, que se va acabando aquello de la centralidad del PNV en el sentido de que era un partido que se podía permitir pactar una cosa para formar gobierno, otra cosa para gobernar alguna diputación, y cosas distintas para gobernar ayuntamientos. Puede que la sociedad vasca ya no admita tan fácilmente esa omnipotencia de quienes la han gobernado hasta ahora. Puede que la política de estirar la cuerda hasta ponerla en el punto de ruptura y mantenerse así todo el tiempo esté condenada porque elementos importantes de la sociedad empiezan a cansarse.
Claro que todavía los resortes con los que cuenta el nacionalismo gobernante son muchos, especialmente desde la adminsitración de la mayoría de los recursos públicos, de los presupuestos públicos y del control de los puestos de trabajo afectos al amplísimo sector público y parapúblico. Pero si ese poder empieza a perder credibilidad social, si ese poder empieza a perder capacidad de convicción, si ese poder se empieza a sentir como simple poder, como poder descarnado, pero sin nada más, empieza lo que los alemanes llaman 'Galgenfrist', el tiempo que queda hasta la horca. Quiere decir que la cuenta atrás ya ha comenzado.
Como en las relaciones de pareja, los mismos involucrados son no pocas veces los últimos en enterarse de que el tiempo se acabó. Puede que en el PNV algunos piensen que la pérdida de votos se debe a que no han radicalizado suficientemente su discurso. Y volverá a aparecer el ensueño de la unidad de acción nacionalista. Sin darse cuenta de que el comienzo del declive se encuentra precisamente en la euforia desatada por la unidad de acción nacionalista que excluía a todo el no nacionalismo de lo que afectara al futuro de la sociedad vasca, y que se materializó en el acuerdo de Estella-Lizarra.
Algún líder nacionalista espetó ante alguna pregunta de si no iba el PNV a criticar el paso dado firmando aquel acuerdo: '¿Qué quieren, un funeral de primera?'. No es que nadie quiera un funeral de primera para aquel desdichado acuerdo, sino que lo que no se entierra, lo que no se critica, lo que no se deja atrás formalmente porque se ha decidido otra cosa sigue fantasmeando por todos los resquicios provocando más desaguisados que si estuviera vivo.
La sociedad vasca necesita nuevos aires, necesita nuevos tiempos. Y los puede tener. Las cosas no pasan en balde. Ni siquiera en esta Arcadia feliz donde superamos la media en todo, aunque no se sepa exactamente en qué consiste esa media. La sociedad vasca puede cambiar. La sociedad vasca está cambiando. Es la mejor esperanza para el futuro. Con toda la prudencia y con toda la cautela necesaria. Pero también con toda la convicción necesaria.










