
Cuatro bilbaínos que han pasado toda su existencia en el mismo sitio se sinceran sobre los motivos que les ha llevado a quedarse, sobre su orgullo de ser de barrio y sobre esa peculiar relación de amor-odio que han llegado a entablar con el vecindario y que siempre se acaba decantando por el primer término del binomio.
LUCÍA MERINO
Iturribide
«El sitio no es perfecto, pero es el mío»
Lucía sale todas las mañanas hecha un primor de su piso, ubicado en la parte baja de Iturribide. Con su melenita bien peinada y el bolso balanceándose coqueto a un lado, esta bilbaína de 72 años no para de repartir saludos y sonrisas a diestro y siniestro. No camina ni veinte metros sin tropezarse con algún conocido. «Normal, llevo aquí toda la vida. Mis padres compraron esta casa cuando yo tenía tres añitos. En esta calle me he criado, he hecho amigas y amigos ¿Y hasta encontré marido, que vivía allí!», dice mientras señala un edificio que se ve desde su ventana.
Además, su profesión de practicante -empezó a los 14 años ayudando a su padre- le ha proporcionado un enciclopédico conocimiento de la zona y sus gentes. Parentescos, amistades, desavenencias «Aquí se sabe todo, lo bueno y lo malo. Vivimos en otro mundo», bromea.
Y ésa es una de las cosas que más le gusta de Iturribide, aunque cada vez queden menos residentes «de los de antes». Pero no sólo han cambiado sus vecinos. Su edificio también ha sufrido una mutación importante. «Antes era una casa 'bien', tenía hasta portero, ¿sabe?», desvela al entrar en su portal, ahora un tanto desangelado. Quién le iba a decir a ella cuando se opuso a los planes de su difunto marido para marcharse a Algorta que su bloque iba a terminar, por esos caprichosos mapas trazados por la juventud, siendo el epicentro de una de las zonas de marcha más bulliciosas de Bilbao. «He llegado a ver desde mi ventana 16 coches de policía, dos furgonetas y un camión de bomberos, por eso del 'botellón' y los jaleos del fin de semana», asegura. Aún así, nunca se ha arrepentido de no haberse mudado: «¿Dónde iba a estar yo mejor? Este sitio no es perfecto, pero es el mío».
BEGOÑA PACÍN
Otxarkoaga
«Me da rabia la mala fama del barrio»
Cuando se le pregunta a Begoña en qué calle de Otxarkoaga nació, contesta risueña: «En ninguna». Lo cierto es que suena un poco prehistórico decir que cuando viniste al mundo tu barrio no tenía ni calles. «Pues así es, mi madre me parió en el bloque 71, portal 80, 3º», recita orgullosa. Así que no nació en ninguna calle, pero se crió en ella. «De niños, no parábamos en casa y al llegar a la adolescencia, tampoco, porque quedaba con mi cuadrilla en el parque y arreglábamos el mundo», confiesa divertida.
Por eso, cuando decidió irse de casa de sus padres y establecerse con su pareja, hace ya veinte años, no quiso marcharse. «Ni hablar. Allí vive mi madre, por allá mi hermana y en esa zona mi primo», dice mientras señala aquí y allá. Sólo se le ensombrece el rostro cuando se toca el tema de la «mala fama» del barrio. Aunque está muy acostumbrada a ver cómo la gente tuerce el morro cuando dice que vive en Otxarkoaga, no puede evitar molestarse. «Nunca he tenido sensación de inseguridad», recalca.
Para ella, los verdaderos problemas del barrio son otros: la carencia de metro y de polideportivo, la falta de pisos para que la gente joven pueda quedarse y la mejora de la accesibilidad para que los mayores no tengan que irse. «Hay mucho por hacer, pero somos peleones», comenta animada. Begoña todavía tiene mucho de la quinceañera que fue, esa que se afanaba en «arreglar el mundo» con su pandilla. De momento, junto a otros vecinos, ya ha conseguido mejorar su entorno, pues sus demandas -encauzadas a través de la Asociación de Familias- se han traducido, por ejemplo, en un plan para la instalación de ascensores. Por algo se empieza.
MARIAN ROMERO
Uribarri
«Es normal que los jóvenes se marchen»
Marian lleva toda la vida en Uribarri. El barrio le gusta, pero más vale que sea así, porque tampoco tiene posibilidad de dejarlo. «Sigo viviendo con mi padre, porque los mileuristas no podemos hacer otra cosa y aquí hace 30 años que no se construye vivienda protegida». Pero ella no ceja en su empeño de conseguir una VPO en el vecindario. De hecho, en los últimos 12 años ha rellenado un montón de impresos de Etxebide y siempre apunta que le gustaría que le tocase un piso en el distrito. «Me contestan que no está previsto hacer nada en la zona. Así que los jóvenes se marchan, normal», señala.
A Marian, que ahora tiene 45 años, le apena que el barrio esté 'envejeciendo' a ojos vista. La estampa de Uribarri que ella recuerda de su infancia es muy distinta a la de ahora. Antes, había señoras a las que se oía cantar desde los patios de los edificios, niños que se quedaban al cuidado de vecinas cuando surgía algún imprevisto, llamadas a gritos desde las ventanas para que los chavales subiesen a por el bocadillo «Se ha perdido bastante vida de barrio, pero algo queda», admite. Estas últimas reservas de familiaridad son lo que más le gusta de Uribarri.
Pero en su caso, el amor no es ciego y también ve «muchas carencias», como la accesibilidad, el transporte o la falta de equipamientos y de plazas de aparcamiento. «Está un poco desatendido. Pero aun así, me gustaría tener mi piso aquí», resume esta eterna aspirante a un piso protegido.
JESÚS CABEZÓN Y NIEVES
La Cruz
«Vivimos muy tranquilos»
Si se va a mediodía al barrio de La Cruz, se oye a algún canario entregado a sus gorgoritos, el maullido perezoso de un gato y el eco de una radio lejana. Nada más. El ruido de la ciudad parece tener el acceso vedado a este coqueto vecindario, «el más selecto de Bilbao», sostiene Nieves. «Bueno, qué voy a decir yo, que he nacido aquí», justifica sentada plácidamente en la salita de su casa. Y ese «aquí» es literal. «Sí, sí, en esta misma habitación me trajo al mundo mi madre, que por cierto, también nació en esta casa», repasa.
Claro, así que no es de extrañar que sienta un cariño «enorme» por el barrio de La Cruz y que, además, lo contagie. Su marido, Jesús Cabezón, es riojano, pero lleva casi cuatro décadas en el vecindario y ya casi se muestra más efusivo que ella cuando habla de las excelencias de la zona. «Vivimos muy tranquilos y hasta tenemos un jardincito. Además, ahora, con el ascensor del metro, está muy céntrico, qué digo céntrico, ¿neurálgico!», proclama.
Sólo hay un punto que les preocupa: el deterioro derivado del paso de los años y el hecho de que al ser un enclave privado, el Consistorio no acometa los arreglos que se precisan en fachadas, saneamientos o el firme. Todo sale de su bolsillo, pero ser «independientes» también tiene su lado bueno. «Nadie nos manda, si nos compra el Consistorio, ¿igual nos pone OTA o otras cosas!», dice Jesús temeroso. «Uy, con lo tranquilito que es esto, quita, quita», dice Nieves, moviendo la mano como para espantar moscas. Aunque, por un momento, se queda pensativa. «Bueno, a veces, demasiado calmado, porque me gustaría oír más ruido de niños, como había antes», señala con nostalgia. «Sí, porque los que quedamos aquí ya somos todos arcaicos», confirma Jesús.










