El problema ahora es que la oferta ha engordado tanto, se ha hecho tan ávida, que la demanda actual es incapaz de satisfacerla. La brecha abierta entre ambas tardará en colmarse y mientras no lo haga persistirá el riesgo evidente de que el sector entre en un proceso deflacionario. Si es que no está ya inmerso en él. Tras cientos de avisos falsos, el lobo ha llegado hasta el rebaño. Los riesgos de la inflación son siempre elevados, pero los de la deflación son letales. Si los pocos compradores que están dispuestos a adquirir una vivienda llegan al convencimiento de que el mes que viene podrán comprarla más barata, esperarán. Los promotores apurados, como no venden, bajarán sus precios, y así un mes tras otro en una peligrosa espiral. El que suponga que eso no pasa nunca con las viviendas, que estudie el caso japonés y mida su duración.
De momento, tenemos ya en marcha el primer elemento de la ecuación -las ventas se han desplomado más de un 27% en enero de 2008 con respecto al mismo mes del año anterior-, mientras que el segundo atisba por el horizonte -la hipoteca media solicitada ha disminuido en más de un 3%-. ¿Cuál es el final de la historia? Pues no tengo ni idea, pero yo apostaría a que el siguiente capítulo, va de lo mismo.







