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La amnesia cotidiana
'Todos estamos invitados' incomoda en su retrato de una sociedad que esquiva la mirada a los amenazados por ETA. El filme de Gutiérrez Aragón inaugura el Festival de Málaga

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José Antonio Santamaría, antiguo jugador de la Real Sociedad, fue asesinado a tiros el 19 de enero de 1993 mientras cenaba angulas en Gaztelupe; dos años más tarde y en la misma calle 31 de Agosto de la Parte Vieja de San Sebastián, en el bar La Cepa, el concejal del PP Gregorio Ordóñez también encontró la muerte a manos de ETA. 'Todos estamos invitados' alcanza su pesadillesco cénit muy cerca de allí, entre fuegos artificiales que camuflan muy bien los disparos. La noche de la Tamborrada donostiarra, en una de esas sociedades gastronómicas donde jamás se habla de política pero se puede perder la vida.

Los rituales del txoko, los códigos de la cuadrilla, las miradas furtivas, 'darle un toque', 'algo habrá hecho'. Manuel Gutiérrez Aragón se ha atrevido con la primera película del cine español que invita a mirar la realidad del País Vasco con los ojos asombrados de quien no entiende cómo el contagio cotidiano con el miedo y la violencia no quiebra una convivencia ciega, sorda y satisfecha de sí misma. Un filme desgarrador producido por Tele 5, que inaugura el próximo viernes el Festival de Málaga y una semana después llega a las salas tras sucesivos aplazamientos, al interponerse la macabra actividad de ETA en su proceso de producción.

Ningún realizador había llegado tan lejos en su afán de plasmar la cotidianidad de quien vive a la sombra de escoltas y mira por encima del hombro como un gesto automático. 'Todos estamos invitados' entrecruza los destinos de un profesor de universidad vasco amenazado (José Coronado) y un etarra que pierde la memoria tras un atentado (Oscar Jaenada). Su vínculo es la compañera sentimental del primero, una psicóloga a la que el azar confía el tratamiento del activista (Vanessa Incontrada). «Tú eres un valiente gudari», le obligan a recordar sus antiguos compañeros, mientras le ponen la pistola en la mano.

No es una película de denuncia sobre ETA. Reparte culpas a diestro y siniestro. A la Iglesia, representada por un cura que no quiere quitarse la venda de los ojos; a la universidad, territorio hostil para el protagonista; a los abogados de los presos, meras cadenas de transmisión entre sus clientes y las 'ekintzas'; a la Ertzaintza, que imparte normas de supervivencia a nuestro hombre: «La mejor autoprotección es estar calladito. Y no dar entrevistas». Entre los involuntarios alumnos del pragmático cursillo de supervivencia, una concejala que trabaja de limpiadora. El director incluye imágenes reales del vídeo de dibujos animados con instrucciones que Interior proporciona a los amenazados. Rutinas en tiempos de guerra.

La génesis de 'Todos estamos invitados' ha sido accidentada. La frustrada tregua obligó a alterar el guión, coescrito junto a la presidenta de la Academia del Cine, Ángeles González Sinde; el primer día de rodaje, la banda terrorista robaba 350 pistolas en Francia; la filmación en las calles de San Sebastián tuvo que sortear las manifestaciones por De Juana Chaos; la campaña electoral obligó a retrasar el estreno ante el enfado de su director.

Fundada paranoia

Al autor de envenenados cuentos de hadas como 'Sonámbulos' y 'Demonios en el jardín' no le interesa dibujar en clave realista a un héroe y un villano. Esto no es un documental. Por eso el personaje de Coronado se ve asaltado por dudas, miedos y arrebatos de cólera, y el activista desmemoriado parece por momentos tan víctima como el hombre en la diana de su pistola. Su lesión le deja como un niño grande, sin que sepamos si finge o no hasta el emocionante final.

Gutiérrez Aragón prefiere detenerse en las resonancias metafóricas, sin maniqueísmos ni simplificaciones. La visión del filme no reconforta ni nos reinstala en nuestras posiciones personales. Incomoda, y hasta consigue dotar de una pátina de espanto los bellísimos paisajes donostiarras. La fundada paranoia del protagonista da pie a una poderosa imagen onírica: los idílicos jardines de Alderdi Eder poblados por ciudadanos 'zombis', que le asesinan con su mirada.

Otro ejemplo son los rituales gastronómicos, la sucesión de comidas y cenas que salpican el metraje. Aparecen mercados, mesas y barras de bar lujuriosas de viandas. «Estas son las últimas kokotxas que te vas a comer», le espetan al profesor, sin que nadie de su cuadrilla oiga nada. El director nos recuerda así que la gastronomía es una religión en el País Vasco, «y la religión y la muerte siempre están muy cerca». La barbarie más primitiva en medio de un oasis de hedonismo, la refinada expresión culinaria de una sociedad avanzada. Gutiérrez Aragón confía en que «la sombra de la pistola no se proyecte sobre el plato de txangurro».

Buen amigo del llorado Ernest Lluch, el director de 'El caballero Don Quijote' ha nutrido su fábula de un sustrato documental. Los libros del periodista José María Calleja han dibujado el paisaje de fondo; Juan María Bandrés le descubrió la golosa figura verídica de un activista que sufrió un traumatismo craneal mientras intentaba hacer volar unos camiones y quedó amnésico. La triste realidad se colaba en el rodaje. Empapaba de verdad el celuloide. A veces, el equipo se cruzaba con Raúl Guerra Garrido, paseando con su sempiterno escolta. Un juego de espejos.

'Todos estamos invitados' describe un comportamiento colectivo «aberrante», en palabras del cineasta. Muestra que la amenaza de ETA no sólo consigue que miremos para otro lado, sino que ha logrado la desaparición de símbolos y actitudes comunes al resto de España. Día a día, de forma callada pero continua. Por eso se escucha tantas veces en los diálogos el término «carcelero español». Las conversaciones de txoko en el filme dicen más sobre este país que mil discursos políticos.
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