Probablemente lleva razón. En nuestros días el deporte tiene mucho de show global, de negocio desquiciado en el que se premia la pillería y se castiga la honestidad. Sólo hay que mirar a todos esos jóvenes millonarios que, cada domingo, se dejan caer en el área como si les acabase de fulminar un rayo.
Por fortuna, quedan excepciones. El rally 'Rallyestone' es una de ellas: una carrera de coches clásicos que combina la competición con el espíritu deportivo, la velocidad con la elegancia. Cien bólidos con solera participan este fin de semana en una carrera en la que no sólo importa llegar el primero, sino también el modo en que se llega. Se trata de la tercera edición de este rally que, por primera vez, cuenta con participantes extranjeros.
Para ganar el 'Rallyestone' no hay que correr como un endemoniado sino mantener un ritmo regular y mostrar una gran compenetración entre piloto y copiloto. Aunque suene extraño en tiempos propensos a la Fórmula 1, la pericia del conductor y de su ayudante, su frialdad, su talento, cuentan más que la potencia atómica de un motor de nave espacial. A la gente no parece disgustarle esta manera de entender el automovilismo. Cada año asiste más público, en parte interesados por la propia competición, y en parte atraídos por los coches: piezas de coleccionista llenas de encanto.
Estamos ante un deporte con alma hecho a la medida de las personas. Este año el 'Rallyestone' homenajea a José Luis Eguiluz, un piloto muy apreciado que murió en mayo del año pasado. Su mujer, Begoña, y su hija Sonsoles siguen su estela y participan en la carrera con un Ford Escort Mark II del 74. Son el único equipo femenino del rally. Las chicas llaman a su bólido 'la bala amarilla'.










