Ocurrió en la estación de Las Arenas, que al parecer es una de las más conflictivas del recorrido. También una de las más extravagantes. Hace cerca de dos meses, un individuo de diecinueve años atacó con un palo de grandes dimensiones a un supervisor de esa misma estación. El agresor iba en pijama y llevaba a su vera un perro de pelea sin correa ni bozal. Todo muy violento y surrealista: una cosa absurda, entre Fellini y Sam Peckinpah.
El pasado domingo le tocó el turno al bruto del martillo y da un poco de miedo pensar quién será el siguiente y, sobre todo, cuál será la próxima herramienta. Los empleados del metro llevan tiempo quejándose de la situación. Nadie les dijo que tuviesen que dominar el 'kung fu' para desarrollar su trabajo en un medio de transporte que es modélico en tantas otras cosas.
Metro Bilbao transporta al año cerca de ochenta millones de pasajeros. Como es natural, entre ellos hay unos cuantos cafres peligrosos. No debería sorprendernos, ni tampoco deberíamos esperar gran cosa de ellos. Ninguno de estos sobrinos de Atila va a ser aplacado con simpáticas campañas de concienciación. No se trata de redimir a los malos, sino de proteger a los buenos. En este caso, a los trabajadores del suburbano, que por lo general son gente muy atenta que paga sus impuestos y nunca sale a la calle armada con martillos.
Hay que aplaudir a los pasajeros que ayudaron al supervisor agredido y retuvieron al agresor exponiéndose a sus coces. Lo fácil habría sido mirar hacia otro lado. 'Si yo tuviera un martillo' era una canción tirando a cursi de Paul, Peter and Mary. Sonaba en los sesenta y hablaba de amor y justicia. No decía una palabra sobre saltar canceladoras y golpear estúpidamente a los empleados del metro.




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