
Extrañezas aparte, la tranquilidad se agradece. Quizás sea que hemos bajado tanto el punto de mira de nuestras pretensiones que ya nos conformamos con no dispararnos al pie, pero lo cierto es que uno disfruta viendo al Athletic asentado sobre la línea del Ecuador de la tabla con unas cifras que, curiosamente, vienen a ser un prodigio de equilibrio: 10 victorias, 10 empates y 10 derrotas. 30 goles a favor y 29 en contra. Llevábamos demasiado tiempo suspirando por una vida sin sobresaltos como para minusvalorarla ahora que la disfrutamos. No sería justo, además, ni con los jugadores ni con Joaquín Caparrós, que a falta de ocho jornadas para que se baje la persiana de la Liga y la actualidad deportiva se concentre en el concienzudo hinchado del globo de la selección española con vistas a la Eurocopa, ya tienen prácticamente conseguido el objetivo que se marcaron en verano: lograr una permanencia holgada. O por utilizar palabras de Fernando García Macua, «salir de la espiral diabólica» de la lucha por evitar el descenso.
En este sentido, uno debe reconocer su error como cronista desconfiado, receloso y un punto hipocondriaco que, hace tan sólo tres semanas, tras la pedregosa victoria ante el Valladolid en San Mamés, alertaba en estas mismas páginas sobre el peligro de cataclismo si el equipo persistía en su pobreza argumental y en sus tribulaciones con el balón. Felizmente, estos temores han resultado infundados. O al menos, excesivos. El Athletic jugaba mal -y en esto tampoco es que haya mejorado mucho, para qué vamos a engañarnos-, pero no estaba mal. Y es que hay veces -el Calcio ha dado ejemplos canónicos al respecto- en que el potencial competitivo de un equipo es claramente superior a la calidad de su juego.
Sospecho que esto es lo que le ocurre a la tropa de Joaquín Caparrós, al que siendo justos hay que valorarle como se merece un aspecto decisivo de su trabajo como entrenador: el haber cortado de raíz la sangría de goles en contra que estaba matando al Athletic. De ser el segundo equipo más goleado de la Liga -la pasada temporada había encajado la friolera de 46 en la jornada 30- ha pasado a ser el segundo menos goleado con 29. Si alguno que yo me sé hubiera conseguido un cambio de tendencia tan rápido, radical y benéfico a estas alturas estaría exigiendo un busto de bronce en los jardines de Ibaigane y el privilegio de entrar cada día en Lezama de pie sobre un escudo llevado a hombros por dos porteadores, en plan Abraracurcix.
El caso es que quedan ocho partidos y son muchos los que no saben muy bien cómo encararlos. Dos años de angustias han afectado a la mentalidad de la afición y de los jugadores. Así las cosas, flota una duda en el ambiente. ¿Nos olvidamos de todo y disfrutamos de esta quietud de balneario que tanto nos ha costado conseguir o nos embarcamos en una aventura incierta -si fuera cierta no sería aventura, claro- como es el asalto a la Copa de la UEFA? Pensándolo bien, la duda no debería ni existir. En el fútbol se vive de ilusiones y se muere de conformismo. El sosiego, además, acaba siendo aburrido cuando se prolonga. Así que todos unidos a luchar por Europa de aquí a mayo. ¿O no?








